Adagio para un pianista desconocido
PIANISTA sin nombre déjame que te diga
que hoy he visto tu rostro de mirada perdida
y tu porte de ausencia me recuerda aquel día
que sonaba un teclado y la gente aplaudía:
era un club postmoderno de mafiosos y espías,
un angosto escenario donde diez bailarinas
alquilaban sus senos a caricias furtivas;
donde el humo apestaba y el vodka corría
como corre el dinero que aflora en un día.
Tú tocabas las teclas sin perder la sonrisa,
mas tu mente buscaba la fortuna huidiza
de un lujoso auditorio de feliz burguesía.
Deja que te diga, aunque no lo olvidas,
que vagabas sin rumbo entre bambalinas
donde una corista artera y mezquina
besaba a otro hombre tras una cortina.
Sentiste un zarpazo, perdiste la vista:
su acción te robó la memoria y la vida.
Sólo tú y yo sabemos, por razones distintas,
que ese mísero engaño fue tu última herida:
la que no hace sangre, la que no mutila;
la que rompe el alma, la más
asesina.
Pianista ignorado: tu regreso impresiona y descrispa
cuando el mundo se encona contra la política.
¿Cómo puedes callar hasta el nombre
que soñabas que el mundo aplaudía,
y ya en letras de oro gigantes
en tus noches de insomnio veías?
¿Qué fuerza te guía con tu mente dañada o vacía?
¿Pensarán los doctores que sufres el mal del autista?
¿Creerán los sabuesos que ocultas un pasado,
un presente, una vida.
No me importa quien seas, mudo pianista.
No es dolor ni miedo -perdona que insista-
depresión ni amnesia, ni celos o envidia,
lo que ahora te aísla y te tiene sumido en la sima.
Tal vez se equivoque ese mimo que afirma
que actuó contigo en las calles de Niza.
Tal vez no recuerdes quién eres,
ni nadie consiga una pista que pueda llevarte
a encontrar tu memoria y volverte a la vida.
Pero tú y yo sabemos, por razones distintas,
que ya sólo te queda elegir con esmero
un manager listo que te dé un listado de televisiones
que pagan millones por contar tu vida.
Hazle caso, amigo, aunque tú en el
fondo seas un artista.
Luís Ignacio Parada