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Carta a un catalán
nacionalista
Querido amigo: No sé
tu nombre ni tu lugar de residencia,
pero confío en que esta misiva todavía encuentre alguien
dispuesto a leerla. Te escribo para expresarte mi dolor.
Llevo días hablando del estatuto en radio, prensa y
televisión, conversando con la gente en los bares, en
los
autobuses, en los taxis -porque la cosa preocupa mucho y,
más allá de los argumentos, me está quedando una pena en
el alma que he pensado podría trasladarte en estas
líneas.
Verás, yo no sé mucho de patrias. Nací en 1965 y tenía
diez años cuando murió Franco, así que soy de una
generación a la que se educó con ciertos complejos. El
dictador había usado tanto de España y del españolismo
como estandarte político que crecí sin banderas, lemas
ni
himnos. En realidad, me fui enraizando en estas tierras
como por casualidad ¿sabes?, como quien no quiere la
cosa.
Me enseñaron pinturas de Velázquez, me subieron a Gredos,
me invitaron a patatas revolconas y yo diría -si me
preguntan, que no suelen que me siento castellana más que
madrileña. Pero luego vino lo mejor. De la mano de mis
padres conocí la Torre del Oro, la Alhambra, la música
de
Falla, el centollo gallego, San Sebastián y ¿te puedes
creer? Gaudí, el barrio gótico de Barcelona, San
Clemente
de Tahull, los guisos de setas, los vinos del Penedés
¡hasta sé bailar la sardana! Y nunca pensé que tuviese
que
elegir entre lo anterior y todo esto. Nadie me lo había
dicho.
Yo pensaba que el método estaba bien: conoces
primero los guisos, los cantos o los olores de tu casa;
luego los de tu barrio; después los de la región... y
así
vas saliendo de útero y te derramas por el mundo, hasta
comprender que nada de lo humano te es ajeno. De hecho,
mis hermanas y yo no tardamos en saltar Los Pirineos y,
de
la mano de los templos románicos franceses, la música
alemana, los bombones belgas, entendimos que no éramos
-o
que no éramos sólo madrileñas, castellanas o españolas,
sino europeas, occidentales y, en realidad, humanas. El
método de mis padres había resultado eficaz: gracias al
amor a lo cercano pudimos abrirnos gradualmente a lo
universal. Por eso ahora no entiendo por qué me sientes
extraña. Por qué dices «nación» (Franco lo decía mucho)
y
me miras con ojos recelosos, como reservándote un
tesoro.
Tienes un tesoro, es verdad, porque la Sagrada Familia
no
tiene parangón, ni el Cabo de Creus, ni la butifarra
¡pero, amigo, tu tesoro
es muchísimo mayor: tienes
además un palacio granadino y una mezquita cordobesa y
un
valle de cerezos extremeño y unas murallas abulenses!
¡qué
sé yo! Quisiera invitarte a pasar y tomar asiento y
gozarte en todo ello. Es verdad que somos muchos
hermanos
y hay que compartir, es cierto. Pero eso nos hace más
humanos. Cuesta esfuerzo, pero te aseguro que enriquece.
Antes de romper la familia responde a mi carta, por
favor.
No me dejes así, con el alma encogida. Te lo ruego.
Cristina
LÓPEZ SCHLICHTING
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