Yihadismo y
globalización
AL igual que una piedra
arrojada quiebra la placidez de un estanque de límpidas aguas, así
cayeron las torres gemelas de Nueva York, hace hoy seis años, rompiendo
la límpida seguridad de una brillantísima post-guerra fría. Pues, tras
la caída de la Unión Soviética, los años 90 fueron la década del
crecimiento económico ininterrumpido (del «fin del trabajo» anunciado
por Jeremy Rifkin), de cancelación del peligro de holocausto nuclear, de
fin de la amenaza soviética y de esperanzada democratización del mundo.
Incluso el conflicto palestino-israelí parecía encontrar un camino. Era
el sueño realizado de la Ilustración y el Progreso y, por ello, el fin
de las luchas ideológicas y el fin de la historia, según leyó en Hegel
un oscuro pensador ruso (Kojéve) actualizado en un brillante ensayo de
Francis Fukuyama. Clinton pasará a la historia como uno de los mejores
presidentes americanos por emblematizar aquella brillante década de los
años noventa.
Pero no ya la historia, sino
el mito, anidaba a la vuelta de la esquina. Pues la clara mañana del 11
de septiembre del 2001 en Nueva York iba a brindarnos uno de los más
espectaculares escenarios jamás vistos, comparable en su impacto onírico
a la caída de Troya o Alejandría, la conquista de Constantinopla, el
saco de Roma o el recuerdo mítico de las hordas mongolas asediando
Europa, un escenario que sólo la imaginación de Hollywood podía
pergeñar. Puede que olvidemos el asesinato de Kennedy, la muerte de
Franco o la caída del muro de Berlín, y ya estamos empezando a olvidar
el 11M (carente de imágenes espectaculares), pero no será posible enviar
a la memoria las escenas dramáticas y brutales, casi primordiales, y sin
duda gigantescas, de aquellos dos colosos cayendo entre nubes de polvo.
¿Cómo no pensar en un elefante, dice Lakoff? ¿Cómo no recordar aquello,
tan inefable e indecible que no tenemos palabras adecuadas para
designarlo?
Quienes vimos en aquel evento
el verdadero fin del siglo XX puede que tuviéramos razón. En todo caso
el mundo de hoy nada tiene que ver con aquella década prodigiosa de los
noventa. Del 11-S trae causa la ocupación de Afganistán primero y de
Irak después, inevitable la primera y discutible la segunda, conflictos
aún no resueltos que caminan por sendas de incertidumbre pero lejos de
ser nuevos Vietnam o «batallas de Argel». Del 11-S y de esos dos
conflictos trae causa el progresivo alejamiento del mundo árabe de
Occidente (ojo, no del mundo islámico: pensemos en Turquía o Indonesia),
cada vez más atrapado en una contra-reforma religiosa anti-modernizadora
al tiempo que China, India, toda Asia, América Latina, e incluso buena
parte de África, ven sus economías crecer con celeridad, sus democracias
despuntar o afianzarse, y sus sociedades occidentalizarse y
secularizarse a marchas forzadas. ¿Es casual que los países árabes sean
hoy la única zona del planeta apenas tocada por la democracia, y al
tiempo, una economía del petróleo que, en conjunto, tiene un PIB
inferior al de España? Fracaso económico y político monumental que
amenaza todo el flanco sur de Europa y nos devuelve a los españoles
(sobre todo Al Andalus) a la frontera de Occidente.
Pero de aquel 11-S cuando
«todos fuimos americanos» (recordemos: tal fue el titular de Le Monde el
12-S), pasamos a la invasión de Irak con la que «todos fuimos anti-americanos»,
en un movimiento que dividió a Europa, la OTAN, la ONU y, lo que es
peor, a Occidente mismo, cancelando al único sujeto histórico capaz de
introducir cierto orden en un mundo transnacional cargado con una agenda
de problemas que no tienen sede donde abordarse. La historia no
perdonará ni a Chirac (hoy en el punto de mira de los tribunales
franceses) ni menos a Schröder (el peor canciller de la Alemania
democrática y hoy en la nómina de Putin), la apuesta cortoplacista por
una Europa fortaleza aliada de Rusia y China y contrapeso del Imperio
americano, un Occidente dividido y débil justo cuando su presencia es
más necesaria.
Pues si el 11-S alboreaba una
nueva época, no era sólo la del yihadismo sino también la de la
globalización, un mundo en el que, según el viejo Terencio, nihil
humanum a me alienum puto, nada nos es ajeno. Unos terroristas sauditas,
educados en Alemania, residentes en España, reciclados en Estados
Unidos, y que, motivados por milenarismos medievales, derriban las
Torres del Comercio Mundial asesinando a miles de trabajadores de
cientos de nacionalidades. Y en ese gran mundo nuevo, la «nave tierra»
que es ya el nuestro, el gran problema es quién y cómo resolver los
problemas, el quién y el dónde de la autoridad y el gobierno globales.
Cuestión que sólo tiene una respuesta: una sólida alianza de democracias
fiables cuyo núcleo duro sólo puede ser la Alianza Atlántica.
La Yihad abrió las puertas de
ese mundo nuevo, pero debemos evitar que nos fascine, que es justamente
lo que pretenden todos los terrorismos. Mientras los terroristas no sean
capaces de conseguir armas de destrución masiva su letalidad es
limitada. Podemos criticar la política antiterrorista de Bush (y debemos
hacerlo; Guantánamo no ha sido nunca defendible, como tampoco la figura
del «combatiente enemigo» ni el turismo de presos de la CIA), pero ha
evitado la repetición del atentado, cosa que los europeos no hemos
conseguido. Si la amenaza yihadista es hoy superior a la existente en el
2001 es difícil de evaluar. Como organización está seriamente limitada
por la ocupación de Afganistán; como ideología, por el contrario, ha
florecido y atrae incluso a occidentales (lo acabamos de ver en
Alemania). Pero con terrorismo de baja letalidad es posible vivir, como
sabemos bien los españoles. Y quizás por eso Al Quaeda se orienta más y
más a los países árabes mismos (desde Irak a Argel).
El fundamentalismo islámico es
un serio problema político y de seguridad, pero no es una amenaza
estratégica y no debe compararse con lo que fue la amenaza comunista.
Por el contrario, Rusia regresa por fueros autocráticos, lo que siempre
fue. Y China no acaba de abandonarlos (como nunca hizo) aunque pase de
«totalitario» a «autoritario» (dice Eugenio Bregolat), al tiempo que
actúa más y más como gran potencia. La amenaza principal del nuevo siglo
no es tanto la del nuevo terrorismo, que sin duda continuará, sino la de
un orden internacional en equilibrios inestables de grandes (y medianas)
potencias nuclearizadas compitiendo por los recursos naturales. Es la
Europa westphaliana de finales del XIX y la lucha por el lebensraum, por
el «espacio vital», pero extendida al mundo entero.
Y en ese doble escenario (de
yihadismo y nuevas potencias emergentes), la política exterior de
Zapatero, incomprensiblemente asumida por un diplomático experimentado
como parecía ser Moratinos, certifica su rotundo fracaso. Fracaso en su
abrupta retirada de Irak que hundió la reputación de España como aliado
y humilló a las fuerzas armadas (para luego enviarlas -de medio lado- a
Afganistán y Líbano). Fracaso en su «regreso a la Europa» de Chirac-Schröder,
anti-americana, pro-rusa, y articulada en una Constitución que nunca lo
fue, hoy olvidada. Fracaso en su política con los Estados Unidos
(«creerme; ganará Kerry», aseguraba Zapatero a Blair), potencia
hegemónica hoy y mañana, y en la que pueden volver a ganarlos
republicanos. Fracaso en su política iberoamericana, ya sea en Cuba,
Bolivia, Venezuela o Argentina. Fracaso incluso en lo único que estuvo
bien diseñado, la resolución del problema del Sahara, tapón de la
botella explosiva del Magreb, magistralmente mal gestionado (y que se lo
pregunten a Repsol o Gas Natural), y por lo que no hemos obtenido
siquiera garantías sobre Ceuta y Melilla. Esperemos que, al igual que
Felipez González y Solana cayeron del caballo de la OTAN en el giro de
1986 que instituyó el consenso en política exterior, lo haga el tandem
Zapatero / Moratinos si el destino les (y nos) depara la desgracia de
una segunda legislatura zapaterista.
EMILIANO LAMO DE ESPINOSA
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