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Vituperio de la transición    

 

Con vaguedad recuerdo días de antes. Y, aun sabiéndolos vanos, los añoro. Mi mundo perdió toda poesía cuando, de las ilusas epopeyas, caímos en la asfixiante grisura para mercachifles que siguió a la muerte del dictador. Dos castas se cruzaron: los viejos mandarines y los nuevos. Nació una casta mestiza. Perenne. Lo más cínico de aquel viejo régimen; la prístina mentira de los nuevos aprendices del más obsceno oficio. La transición fue una red de mentiras tejidas para el común beneficio de sinvergüenzas rancios, juveniles sinvergüenzas: raza de quienes viven sólo de lo ajeno. Sin esfuerzo o coraje, sin riesgo ni aventura. A mí me da vergüenza llamar a eso «políticos».
Pero fue así. Y, al menos, no mintamos al evocar aquellos feos días, en los cuales los sueños de la poca gente que dio guerra al franquismo hubieron de perecer para dar vida a ese monstruo. La transición era un seguro de vida para pícaros de burlesca prosa barroca. Gente sin saber ni oficio. Groseros, analfabetos, carentes del pudor que da la inteligencia. ¿En lo moral? No hay estúpido bueno. Desde Platón sabemos eso. Necedad y mal son sinónimos.
Muy pronto lo veríamos. Aquel chapotear en la nadería de los chicos de camisa azul, en torno al último secretario general del Movimiento, pudo parecernos entonces la caída definitiva en la vergüenza. No lo era. Algunos se hicieron ricos, sí. Algún que otro, que ya se había subido al coche oficial cuando iba de pantalón corto, en coche oficial sigue, morirá en él, así es la vida. Pero no, no era lo peor, aquella centuria de excursionistas de la OJE trocada por Adolfo Suárez en gobierno democrático. Ni de lejos lo era. Lo peor estaba por llegar. Ni siquiera lo imaginábamos.
Fue tras el escénico golpe del 23 de febrero de 1981, cuando todas las cartas se pusieron sobre la mesa. Se acabó la broma. Con dinero alemán y norteamericano, una panda de amiguetes en Sevilla birló siglas y cartera a los viejos socialistas españoles. Esto a lo cual llamamos, desde entonces, PSOE no ha sido más que una muy limitada asociación de ayudas mutuas. Cuando llegó al poder, su voracidad se mostró inagotable. Asesinato, robo, desaparición, secuestro... Todo estaba tolerado a las huestes hambrientas de González. Temimos acabar viendo cómo la dictadura desembocaba en su madurez lógica: una versión moderna del bandolero PRI mexicano. Fue un milagro casi -y una acumulación inaudita de torpezas en el crimen- lo que llevó aquello al derrumbe. Creímos poder, al fin, salir de ello, ser un país aburrido y normal. Fue un espejismo de ocho años. Luego, vino el 11M. Y esa dura pregunta que perseguirá a cuantos sabemos que todo lo contado -sumario judicial incluido- es una infantil mentira: ¿quién hizo eso? Nunca tendremos respuesta. Aunque sepamos muy bien quiénes fueron sus beneficiarios. Al sur de la frontera, como en el corazón más oscuro de aquí dentro.
Toca ahora, con la insípida necedad de los aniversarios -treinta años ya, y todo sigue siendo lo mismo-, hacer empalagosa lírica de la basura. La memoria tiene eso: sólo sirve para hacer de nosotros canallas o desdichados.

 Gabriel ALBIAC