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Vergüenza en Nueva York
Nada oculta mejor la realidad que las palabras. Las
siglas solemnes ONU hacen resonar en la mente del que las escucha la
mitología amable de un acuerdo universal entre naciones. Y, una vez
dicho que esa filantrópica cosa es la que reúne su sexagésimo-primera
Asamblea General, el desprevenido ciudadano entiende que nada más
benefactor podría darse en este mundo; nada más democrático. Y es
milagrosa la mágica convicción que trastrueca a los rufianescos
regímenes que gobiernan en la aritmética mayoría de los países allí
representados, en apóstoles de una irreprochable democracia planetaria.
Uno se para, reflexiona, hace cuentas con los dedos... ¿Me están tomando
por tonto...? Bastante menos de un tercio de los gobernantes que toman
asiento en esa Asamblea lo hacen en nombre de un procedimiento
democrático convencional. Más de la mitad son despotismos abominables.
El resto está constituido por pantomimas -ridículas o aterradoras- de
apariencia parlamentaria, bajo las cuales rige sólo la arbitrariedad de
caciques intocables. En la Asamblea General de la ONU están
representadas las satrapías de derecho divino más sanguinarias: de Irán
a Arabia Saudí o Marruecos; los caudillismos más valleinclanescos: de
Castro a Chávez o a Assad; los tribalismos más genocidas: de Sudán al
Yemén o a Ruanda... Con todo eso, se hace una democracia. Universal. Sí:
me están tomando por tonto.
Es difícil que en ningún punto del planeta se congreguen en este
instante tantos asesinos juntos cuantos en el anfiteatro neoyorkino
junto a la First Avenue. Presididos por un sombrío funcionario ciego,
sordo y mudo: Kofi Annan. Su hijo se embolsó una fortuna a costa de la
corrupción desplegada por Sadam Husein en torno al onusiano programa
«petróleo por alimentos». Él no vio nada, nada supo, nada dijo.
Completará mandato en diciembre. Podría decir que es lo más indigno que
ha pisado esos locales. Mentiría. Después de que la ONU fuera presidida
por un viejo nazi austríaco, cualquier cosa era posible. Cualquier cosa.
Hasta Annan.
Y la Asamblea hablará. ¡Vaya que si hablará! Solemnemente. Sobre
sagrados destinos del universo. Hará recuento de los doscientos mil
descuartizados en Darfur, bajo la curiosa mirada de unas fuerzas
internacionales, tan, tan pacifistas que no pueden, mire usted, echar
mano al kalashnikov para evitar que los bárbaros de turno violen,
amputen, torturen mujeres y niños ante sus mismas narices.
Hará recuento de los días, semanas, meses, años que faltan para que los
ayatolás iraníes dispongan de las bombas nucleares imprescindibles para
hacer una yihad a la medida de la que el Dios exige. Reprenderá a quien
pretenda que el pobrecito ejército de Hizbulá sea desarmado... Habrá
mucho humanismo, mucha filantropía, pacifismo a montones. Habrá la mayor
densidad de oprobio por centímetro cuadrado del planeta.
Gabriel ALBIAC
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