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La vergüenza
«Déjalo», me digo ahora tantas veces; ya casi no me digo otra cosa, en
esta última madriguera de la biblioteca, de la cual apenas salgo.
«Retorna al querido siglo XVII, del cual no debiste salir nunca, y en el
cual aun te quedan un par de amigos. Huye de aquí: en el espacio, en el
tiempo. Nada de todo esto que pasa te concierne. Es éste un país
bárbaro. Lo es -lo será- cada vez más intensamente. Ni razón ni
escritura pueden nada contra eso. Estás muy viejo ya para soñarle curas
a esta tierra. No las tiene. Hace más de tres siglos que apenas
sobrevive, desahuciada...»
¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué fundamental patología escribo, sigo
escribiendo, aun a sabiendas de ejercer un gesto inútil, vano -o, tal
vez, vanidoso-, en el cual ya no soy lo suficientemente joven, aún no he
llegado a ser lo suficientemente cínico, para creer o para fingir que
creo? No debería, en rigor, ni siquiera preguntármelo. Porque sí tengo
edad -y alguna historia- para saber que no hay respuesta. Que ciertas
-las esenciales- preguntas sólo irrumpen en los cegadores momentos que
privan, ya para siempre, de respuesta a quien los vive. Otros habrán de
darla. No estaremos para entonces. Y es el solo momento de verdad de
cada vida, ése en el cual algo nos dice: se acabó; para lo que te ahoga,
no hallarás clave alguna. Ni aun la tristeza nos redime de eso. Soy una
máquina que escribe.
Confieso que busqué huir. El día mismo en el cual se culminó el golpe
del 11 al 14 de marzo del año 2004. Porque fue un golpe. Y porque supe
entonces -sé ahora- quiénes eran -son- sus beneficiarios. Porque a sus
ejecutores supe -y sé- que no los identificaremos nunca. En la gran
política -ese arte consumado de la matanza-, las zonas de penumbra son
eternas. Y aquel 11-14 de marzo ha sido la mayor jugada de gran política
en la historia contemporánea de España. Quedaba sólo huir -dice Spinoza
que huir es honorable cuando la razón nos muestra que todo está
perdido-. Lo intenté. No cuajó. Permanezco aquí sólo porque no hallé
otro sitio donde poder irme ganando la pitanza. No existe razón noble.
Sólo el remordimiento de haber sido lo bastante imbécil para pasar del
medio siglo sin un duro en el bolsillo. Y aprisionado al potro de la
biblioteca, como a la bola de presidiario a la cual Janis Joplin evoca
en sus más bellos alaridos. Uno aprende también a odiar sus libros, con
el gélido odio de los amantes, porque tampoco de esa herida existe cura.
Nunca debí nacer en esta tierra. Nunca, cuadriculado a cuchillo en esta
lengua. No hay remedio.
Podría, a fin de cuentas, soportar que la vida me la jodieran grandes
monstruos del mal a escala histórica. Los que invocara un Joseph Roth,
descuartizado entre dos guerras. Que me la joda una banda de idiotas, es
más de lo que todo estoicismo podría hacer tolerable. No hay siquiera
epopeya en ver perecer un país a manos de caricaturas: Pepe Blanco,
Zapatero, Rubalcaba... Muy miserables hemos debido de ser -y muy
medrosos- para merecernos esta casquería.
Y no hay dolor al contarlo. Ya. Ni siquiera la rabia asesina del
vencido. No es ni resignación. Sólo vergüenza. No se puede vivir con
eso.
Gabriel ALBIAC
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