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  Un mundo sin mie

 

Leo un reportaje sobre una misteriosa plaga que hace que las abejas estén cayendo como moscas en todo el mundo y decido que no pienso derramar por ellas una sola lágrima. ¡Lo que le faltaba a uno: llorar por la miel! No hay ya pocas calamidades y amenazas por las que lamentarse y pasarse el día temblando como para perder el sueño por las defunciones de los insectos por simpáticos que sean o beneficiosos y hasta imprescindibles para el orden ecológico. Sí, admito en mí una cierta incapacidad ¿natural? para emocionarme con las causas ecologistas. No es que uno no repare en lo importante que es la Naturaleza, la cadena biológica, la capa de ozono y lo que haga falta. No es que uno tenga nada contra la biosfera sino que sentimentalmente le resulta estratosférica. No es que uno no esté por el más riguroso cumplimiento de los acuerdos de Kioto, que son el programa mínimo para que el apartamento planetario no se convierta en una leonera y una guarrada auténtica, sino que sencillamente a uno le conmueven más las personas que las abejas o las plantas y que ha visto a demasiado ecologista al que le sucede sospechosamente lo contrario, que llora por los osos o por los pinos de un desconsolado modo que contrasta extrañamente con la indiferencia, la frialdad, el tipo de comentarios relativizadores, resignados o directamente apáticos que le inspira el hecho de que a un paisano le multen por rotular su tienda en su propia lengua o le echen del trabajo o le quemen el negocio del que vive o se tenga que marchar de su tierra o le metan dos tiros o le obliguen a vivir protegido y temeroso, es decir peor que a un perro. Uno ha conocido a demasiada fauna y flora que busca en la ideología ecologista un sustituto de la ideología y que encuentra en la conciencia ecológica un sucedáneo artificial de la conciencia social, moral y política. A uno, en fin, no le conmueve otra colmena que no sea la de la novela de Cela, la colmena humana.
No, lo siento, no pienso salir en manifestación y detrás de una pancarta contra un parásito asiático al que llaman «el asesino múltiple de los panales». No lloraré por el genocidio, el magnicidio, el holocausto de los abejorros ni de las avispas. No lloraré por la miel entre otras cosas porque no estoy tan seguro de que un mundo sin miel sería digno de lástima. La miel es lo que engaña al paladar, lo que endulza todas las realidades amargas, lo que nos hace tragar el bizcocho quemado de la injusticia, la galleta revenida de la estulticia y de la infamia, los carros y carretas de la mesa y de la vida. Siempre que le han vendido a uno gato por liebre, una película, una moto, una milonga, una mierda... ha sido envuelta en miel. Con la miel la mierda nos sabe a gloria. Buena parte de los males de este mundo son debidos a la miel que hace que nos parezca lo insoportable soportable y miel sobre hojuelas. El beso de Judas fue la miel que escondía la traición y los cantos de sirena la miel que disfrazaba la muerte de los navegantes como el talante y la sonrisa de Zapatero han sido la miel que ha endulzado la legislatura más nefasta de la democracia española.

Iñaki EZKERRA