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Todo sin consecuencias
Hace ya casi una eternidad que don José Ortega y Gasset escribía, entre
dolido y perplejo, aquello de que, entre nosotros, lo mismo da decir una
solemne verdad que una solemne tontería, porque ninguna de las dos cosas
tiene consecuencias. Y claro está que, desde que Ortega escribió esto,
ha llovido bastante, hay toda una industria cultural, y por lo menos las
tonterías pueden llegar a tener gran fuste y consideración, y no es
claro que no tengan consecuencias.
Gracias a esta nuestra situación de «indiferencia operativa», aquí,
entre nosotros, por ejemplo, se podían poner en los escenarios aquellos
versos de Calderón acerca de que el honor «es patrimonio del alma,/ y el
alma sólo es de Dios», porque eran «bonitos», estaban bien medidos, y
resultaban ocurrentes, pero parece que ni se pensaba que dijeran una
verdad profunda acerca de nuestra dignidad humana. Como se podía,
igualmente, proyectar en plena dictadura «Un hombre para la eternidad»,
que era una película que contaba la aventura espiritual de un hombre
frente al poder, con su ley y su alma en la mano: el viejo principio, «Dieu
et mon droit» (Dios y mi derecho), con el que los hombres se habían
enfrentado durante siglos al despotismo en cualquier ámbito de la
realidad; pero que aquí pasa por ser mero asunto de retórica y
discursos. Así que, cuando los coroneles griegos prohibieron la
representación de Sófocles y a Eurípides, sólo se vio en ello un ataque
a la libertad de expresión, pero, ni de lejos, que los coroneles sabían
perfectamente que el lenguaje nombra, y que, por lo tanto, no se podía
oír a Sófocles y a Eurípides y ser sumisos a un poder despótico.
Aunque quizás es que ya éramos muy modernos, y nos aprestábamos a vivir
de paradojas y oxímoros. Pluralismo es pensar todo el mundo igual, pero
la diversidad es la igualdad, y la división la unidad. Sólo hace falta
adobar todo eso con lenguaje «gnóstico» a la moda, y ya es la plenitud
de los tiempos, en la que Bertrand Russell no dudaba de que las gentes
meterían el pollo a asar en la nevera y las natillas a enfriar en el
microondas. Y «con rigor científico y conciencia crítica». ¡Faltaría
más!
No tenemos más que el lenguaje, y es algo tan serio que sólo por él
tenemos conciencia de que tenemos que morir, y podemos hacer que lo que
no es sea. No solamente nos sirve para la comunicación, sino también y
sobre todo para la juntura de los pensares y de los adentros, nombrando
la realidad simple y lealmente. Pero también podemos instrumentalizarlo
y manejarlo, como hacen los charlatanes, los políticos, y demás
pregoneros que tienen algo que vender; y todavía el gran elogio que
suele hacerse de un escritor es que, aunque lo esperable es que tendría
que respetarlo, sabe manejar y maneja muy bien el lenguaje.
Hasta en la última aldea -y también en cualquiera otra parte, entre las
gentes corrientes y molientes, que tanto desprecio y compasión cultural
inspiran- se sabía muy bien, desde siempre y todavía, cuándo un cocido o
un discurso no tienen sustancia alguna, y esas gentes parece que siguen
guardando su admiración para con las cosas con sustancia, y se
maravillan de que las sin sustancia alguna tengan un tan formidable
éxito. Y en cualquier caso, siguen custodiando su lengua. No sería la
primera vez que esto sucediese, mientras avanzan las «lenguas de
madera», como dicen los franceses, o las convenidas e inventadas «neolenguas»
que ya decía Tucídides.
Las palabras dicen, en efecto, lo que dicen, lo que sugieren, y lo que
callan, dando lugar a espacios de silencio, para que en ellos habite
quien lee o escucha. Son espacios de los adentros, o, por el contrario,
las palabras son meros ecos y retumbos en una gran cueva de murciélagos.
Y en lo oscuro, todos los gatos son pardos, y hasta quizás no haya
gatos; puede decirse cualquier cosa. Nada significa nada.
José
JIMÉNEZ LOZANO. Premio Cervantes
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