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Teocracia nuclear
No
es un loco, el iraní Ahmadineyad. No lo es, aunque su rostro exhiba los
estigmas propios a la más alucinada carne de frenopático. No. Es un
teócrata. Ajeno al tiempo, a la razón, la historia; a cualquier
argumento que no repita la letra del Libro: un animal de Dios. Y, como
tal, un genocida. No un genocida en potencia. Un genocida. Para aquel
que tiene a su Dios por único gobernante legítimo sobre esta mundana
tierra, la vida de los hombres cuenta menos que una mota de polvo en el
desierto. «Dios ha comprado a los creyentes sus personas y sus bienes
para darles el Paraíso a cambio. Combaten en el camino de Dios: matan y
son matados» (Corán, IX, 111).
Y él matará. Está obligado a ello por una fe invulnerable. Matará tanto
cuanto sus medios técnicos se lo permitan. Y a eso se reduce todo. «Dios
sabe. Vosotros no sabéis» (II, 216).
No miente. Los hombres de fe nunca mienten: transmiten la voz diamantina
del Dios a cuya servidumbre consagraron su vida: «Matadlos allá donde
los halléis... Tal es la retribución de los incrédulos». Y Ahmadineyad
es, antes que nada, un hombre consagrado a la mayor gloria de una
creencia sagrada. Un sacrificador: es lo mismo. La muerte es parte de su
identidad. Y el oficio de cuya eficacia ha de responder sin excusa ante
el Grande, ante el Misericordioso, cuya voz nunca engaña: «No creas,
sobre todo, que aquellos que caigan en el camino de Dios están muertos.
Viven» (III, 169).
No miente Ahmadineyad, no puede mentir, cuando sencillamente comunica lo
que Alá le ha revelado: que todo eso de la Shoá, del Holocausto, del
exterminio de los seis millones de judíos a los cuales borró del mundo
el nazismo alemán, no es más que una conjura de judíos, cristianos e
imperialistas yankis contra el piadoso pueblo de los musulmanes. No
miente, no puede mentir, al transmitir sencillamente lo que Alá le tiene
encomendado, su destino de gran sacrificador: hacer real el único
verdadero Holocausto, aquel que se alce en gratitud al Misericordioso
Dios de los creyentes y reduzca a Israel a las cenizas nucleares a las
cuales Alá lo tiene destinado: «combatid a los siervos de Satán» (IV,
76). Ni Alá suele bromear con sus mandatos, ni Ahmadineyad podría
blasfemar contra aquel de quien está seguro puede fulminarlo de modo
instantáneo en la nada eterna. «Combatid a los que no creen en Dios ni
en el día del juicio último; a aquellos que no declaran ilícito lo que
Dios y su Profeta han declarado ilícito; a aquellos que, entre las
gentes del Libro, no practican la verdadera religión» (IX, 29).
50.000 centrifugadoras enriquecen uranio en tierra iraní para consumar
eso. Y tampoco en ello miente el ejecutor de las órdenes divinas. Con
ese potencial en marcha, se requiere menos de un año para empezar a
producir un arsenal nuclear operativo. Nadie se engañe. Y Europa la que
menos. Eso es exactamente lo que falta para el inicio de una guerra
atómica. Y el Grande, y el Misericordioso, tendrá, por fin, su ofrenda.
Todos los enemigos del Libro y del Profeta cuentan, al fin, a sus ojos
menos que una mota de polvo. En el desierto. <<No los matáis vosotros.
Dios los mata>> (VIII, 17).
Gabriel ALBIAC
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