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Tapiar la mirada
... ¿Habrá que decir que en España el inquisidor ha cambiado de hábito,
pero no de alma, que nuevas quimeras le sorben el seso, pero sigue
medrando y ejerciendo según los totalitarios mandatos de la sangre y de
la tierra?...
QUÉ vulnerables han sido las palabras y los ojos. Qué vulnerables son
ante el poder, legítimo o no. Siempre les han acechado peligros
incontables y por su esencial fragilidad siempre han sido objeto de
constantes ataques. Desde sellar a fuego la mirada hasta sepultar los
labios con una buena cantidad de tierra, la historia ofrece una extensa
gama de métodos eficaces para cegar y hacer callar a los que querían ver
y decir algo. Hubo tiranos en la Antigüedad que soñaron con cegar a sus
súbditos para acabar con los ojos que a hurtadillas vigilaban su
impunidad. De la Inquisición y su forma de quemar hombres se ha escrito
lo suficiente para saber cómo la existencia se convirtió bajo su
gobierno en un ejercicio de representación colectiva, en el que nadie
era lo que decía ser. Sobrevivir era el único objetivo. Recuérdese
aquello que decía Moratín en el siglo XVIII:
«No escribas, no imprimas, no hables, no bullas, no pienses, no te
muevas y aún quiera Dios que con todo y con eso te dejen en paz».
Convertir la voz en polvo. Hacer de la mirada piedra. Cualquiera que sea
la época que visitemos siempre encontraremos furias revolviéndose contra
la palabra y los ojos. Déspotas de Dios, generales y faraones comunistas
han sido amigos de la indiferencia y desinterés de sus súbditos, de la
palabra asfixiada y los ojos vacíos.
Cuántos inquisidores voluntarios y comisarios políticos entregados a
pisar los talones del librepensador que quería hablar y escribir en
nuestro pasado. ¿Cuántos en el horizonte, preparados para quemar papeles
o hacérselos tragar a quien ose escribirlos? Tampoco hoy, como
recientemente ha demostrado el Parlamento catalán, ni siquiera en
democracia, estamos a salvo de esta plaga histórica. Curiosa unanimidad
-excepción hecha de Piqué y sus solitarios correligionarios- la de estos
diputados que entregados a la construcción de una patria devuelven a sus
ciudadanos a los tiempos de la mordaza. Curiosas competencias las
atribuidas al Consejo Audiovisual de Cataluña, que ponen al periodista y
su libertad de ojo y de palabra bajo la vigilancia política de
funcionarios partidistas, erigidos por ley en nuevos y celosos
guardianes custodios de la verdad.
¿Será que hemos condenado el franquismo para gratificar solamente
nuestra conciencia con nuestra indignación y que cuanto más fuerte y
petulante era nuestra indignación y más tranquila se mostraba la
conciencia más nos parecíamos al aborrecido? ¿Habrá que decir que en
España el inquisidor ha cambiado de hábito, pero no de alma, que nuevas
quimeras le sorben el seso, pero sigue medrando y ejerciendo según los
totalitarios mandatos de la sangre y de la tierra? No en vano Nietzsche
escribió: «No luches contra monstruos, pues te convertirás en uno.
Cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti».
Quizá de tanto aborrecer la España uniformista y dogmática del dictador,
de tanto vituperar a los cortesanos del inquilino de El Pardo, los
constructores de la nación catalana han terminado convirtiéndose en su
caricatura. ¿De qué otra manera explicar si no el hecho de que hasta los
representantes políticos que se llaman a sí mismos progresistas y
republicanos hablen en Cataluña el mismo dialecto del falangista y su
homónimo soviético? ¿Será una deformación que les viene de cuando hacer
política significaba conspirar entre unos pocos, rodeados por el
enemigo, y proyectar un Estado en el que ellos mismos, en tanto poder
único, definirían qué era lo democrático y qué no lo era? Cuando al
primer comisario del pueblo para la Cultura de Stalin se le echó en cara
haber instaurado un régimen de censura respondió también con las
palabras que ahora repiten los diputados catalanes frente a quienes les
reprochan su tic autoritario:
«¡Censura! ¡Qué palabra más horrible!»
Hay, sin embargo, varias razones para sentir estupor. Cuando éramos
niños y nos daba miedo una película cerrábamos los ojos para no seguir
viendo, pero los peligros latentes en el afán intervencionista y
comisarial del tripartito catalán son demasiado reales para que se
desvanezcan mediante ese remedio infantil. Hay pesadillas y formas de
miedo que no se disipan tan fácilmente. Porque... ¿qué significa que un
funcionariado político juzgará el contenido de las informaciones para
decidir sin son veraces o no? ¿Supone que el periodista, como en la
actual República de Turkmenistán, deberá atenerse a un voto nacional de
lealtad? ¿Es decir, que antes de hablar habrá de avisarse silencio y
repetirse...?:
«Que mi mano se paralice el día que la levante contra ti, oh
Turkmenistán. Que mi lengua se deseque el día que hable mal de ti, oh mi
patria querida. Que mi aliento se extinga el día que te traicione, oh
Turkmenbashi -caudillo de los turcomanos», título éste que, como buen
pachá moderno, se atribuyó el primer presidente de esta ex república
soviética al derrumbarse el Imperio forjado por Stalin.
Porque... ¿qué quiere decir que el control sobre la veracidad y
pluralidad de la información corresponde al Consejo Audiovisual de
Cataluña? ¿Son verdad las famosas comisiones del tres por ciento? ¿Son
verdad o falsedad las conversaciones del líder de Esquerra Republicana
con ETA? Cuando los políticos se conceden a sí mismos la facultad para
fijar qué es y no es cierto no sólo tapian esos dos glóbulos de materia
blanda, de irisaciones delicadas pero de inquietante fijeza e
insistencia que es la mirada ajena, condición necesaria para la
existencia de la opinión pública y de una sociedad informada y capaz de
controlar el ejercicio del poder político, sino que también se dotan de
la capacidad para reescribir el pasado y manipular el presente a su
conveniencia. Llegado el caso, si el líder político dice de tal hecho
«eso no ocurrió», pues no ocurrió.
Hace poco Turquía nos ha dado un ejemplo de los riesgos que entraña
conceder al funcionario nacionalista la potestad de fabricar verdades y
certezas. El pasado mes de febrero el escritor Orhan Pamuk dijo que en
Turquía habían muerto asesinados un millón de armenios y 30.000 kurdos.
Entre los historiadores serios de todo el mundo es bien sabido que, en
la época otomana, numerosos armenios fueron deportados, acusados de
haber tomado partido contra el Imperio durante la Primera Guerra
Mundial, y muchos fueron asesinados por el camino, pero los portavoces
de Estambul siguen negando aquel genocidio. Tan pronto como desafió el
tabú, Pamuk sufrió su furor. Varios periódicos emprendieron campañas de
insultos contra el escritor, algunos columnistas llegaron a decir que
había que silenciarle de una vez por todas, grupos extremistas
organizaron concentraciones y manifestaciones para protestar contra la
traición y, finalmente, un fiscal le abrió un proceso por haber
denigrado públicamente la identidad turca.
Un caso extremo, se dirá. Pero quizá no tanto. Porque... ¿qué lógica
guía a unos representantes políticos que se quejan de que sus enemigos
de Madrid difunden por el mundo informaciones falsas de Cataluña,
mientras a las voces críticas del interior responden con un nacionalismo
violento e intolerante? Cuando pienso en la reacción airada que provocó
aquel grupo de intelectuales catalanes con su manifiesto por Un nuevo
partido en Cataluña o en la profesora de la Universidad del País Vasco a
la que se impidió dar una conferencia porque su pertenencia al Foro de
Ermua y sus ideas sobre el nacionalismo la invalidaban como testigo
complaciente, imagino a Pla y a Gaziel carcajeándose del espíritu
democrático de sus paisanos.
¡Tan difícil les resulta comprender a los parlamentarios catalanes de
izquierdas y derechas que privamos de su humanidad a quienes negamos la
palabra, que los dejamos indefensos y absurdos! Contra lo que piensan
los ingenuos también en democracia se puede asfixiar la libertad, pues
ésta y aquélla no son términos equivalentes sino complementarios. Sin
libertad la democracia es despotismo, sin democracia la libertad es
quimera. Logro precario y frágil es y ha sido la unión de ambas, pues la
libertad resulta preciosa como el agua y, como ella, si no la guardamos,
se derrama, se nos escapa y se disipa. De ahí que se vuelva tiranía en
cuanto pretendemos imponerla a los otros. De ahí que la libertad de
opinión sea siempre la libertad de aquél que no piensa como nosotros. Su
libertad, hecha de palabra y de ojo, es condición de la mía. De ahí que
en su isla Robinson no sea realmente libre, pues aunque no sufre
voluntad ajena y nadie le constriñe, su libertad se despliega en el
vacío. Como la del déspota, está poblada de espectros. Como Cataluña,
está poblada de déspotas. He ahí nuestro drama. Sus gobernantes anhelan
súbditos como el Edipo que camina con los ojos arrancados para no ver la
realidad que lo circunda.
Por FERNANDO
GARCÍA DE CORTÁZAR.
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