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Tanta oscura nadería
Al final de uno de los más bellos relatos de Isaac
Bashevis Singer, la huesuda figura del doctor Fischelson implora, desde
su buhardilla abierta a la nocturna Varsovia de 1914, perdón a un
espiritual maestro de tres siglos antes. «Levantó la vista al cielo; la
bóveda oscura estaba cuajada de estrellas verdes, rojas, amarillas y
azules; grandes y pequeñas, fijas y parpadeantes». En nada afectan al
infinito cosmos las minúsculas tragedias ni los irrisorios gozos de este
hombre que, asomado a la noche, entiende cómo hasta la Gran Guerra
apenas es sino accidente fugaz en el infinito cruce de los infinitos.
«Los millares de estrellas fijas continuaban recorriendo sus caminos
trazados en un espacio sin límites. Los cometas, planetas y satélites y
asteroides seguían girando alrededor de esos centros brillantes. En los
cataclismos cósmicos nacían y morían mundos; en el caos de las nebulosas
se formaba la materia prístina...» Y en ese tejerse y destejerse de la
inabarcable inmensidad sin fin y sin principio, Fischelson siente la
culpa imperdonable de haber malbaratado el tiempo de su vida en
naderías: los humanos afanes. «He perdido la cabeza», reflexiona.
No hay cabeza de hombre en la cual no resuene, un día u otro, el lamento
de Fischelson: haber perdido el tiempo en necedades, en quincalla; no
haber podido ni sabido hallar el modo de negarse a perderlo. Es, al cabo
de nuestras biografías, lo único que ninguno nos perdonamos a nosotros
mismos: la inmensa acumulación de tiempo que nos hicieron gastar las
gentes más estúpidas y los hechos más vulgares.
Tengo ante mí una biblioteca razonable: sus anaqueles componen el único
espejo en el cual me reconozco. Mi tiempo, como el de toda cosa, está
tasado. Y no hay propietario de biblioteca que no sienta ante esos lomos
el vértigo de Borges: ¿para cuántas de esas páginas seré yo ya un hombre
muerto?, ¿cuántos de esos volúmenes quedarán exentos del maravillamiento
o de la indiferencia de mis ojos? Si tan sólo lograse hacer un cómputo
de las demasiadas horas que perdí desmenuzando esos cúmulos de
estupidez, maldad, de nadería sobre todo, que construyen la diaria
cárcel de lo político, estoy casi seguro de que más de un tercio de esas
páginas que aguardan estarían leídas; y mi vida aumentada en otras
tantas horas. ¿Qué me llevó a perder tiempo y aliento para poner en
claro lo evidente: que era el GAL criatura del régimen corrupto puesto
en pie por González, por ejemplo; o que lo que nos vienen contando sobre
el 11 de marzo Rubalcaba y Zapatero, por ejemplo, no es más que una
cruel tomadura de pelo...? Al fin, lo que no perdonaré nunca es que
gentes ínfimas hayan turbado el breve tiempo que hubiera podido usar en
tantas cosas bellas.
Y, como a Fischelson en su Varsovia del 14, me puede a mí la añoranza de
lo intemporal perdido. Pero esa misma Varsovia, me digo, es la del
ghetto, exterminado tres decenios luego. Inconmovibles, los astros en
nada fueron afectados, tampoco entonces. Los hombres, sí. Hay que perder
el tiempo. En estas sucias naderías. No rendirse ni al tedio ni al
cansancio. Y puede que ése sea el precio más duro que acarrea el destino
de ser hombre.
Gabriel ALBIAC
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