Soldados, no boy scouts
ESTE Gobierno es muy libre de hacer pacifismo de salón, retórica
buenista, flower power, alianza de civilizaciones, ansia infinita de
pazzzzzzz y demás mantras de la ética indolora. Pero que no se lo crea
cuando toma decisiones que afectan a las Fuerzas Armadas, porque en
ellas hay gente que se juega la vida, y a veces la pierde, en una ruleta
donde las apuestas ajenas se pagan con sangre propia.
Una cosa es engañarse a uno mismo, o intentarlo, y otra engañar a
los demás. Cuando para reclutar soldados se ponen en la tele anuncios en
los que no sale ni un fusil, todo sonrisas y ejercicios de boy scouts en
la tirolina, se está tratando de engatusar al personal con una falacia
que oculta y trivializa la verdadera condición de la milicia, sus
riesgos, sus deberes y su compromiso de combate. Como estrategia
publicitaria puede valer, pero como estrategia política es deshonesta. Y
lo malo es que esa barata filosofía de abrazafarolas se aplica luego a
la política real, obviando la responsabilidad de las decisiones bajo la
cobertura fantástica del «pensamiento Alicia». Y se manda gente a
guerras de verdad, donde se mata y se muere, bajo un discurso de buen
rollito solidario, sonrisas contra las bombas y al paso alegre de la
paz. Como si fueran misioneros combonianos, con el clavel en la punta
del fusil y cajas de tiritas en vez de munición. Legionarios sin
fronteras.
El resultado es que de vez en cuando vuelven en una caja cubierta
con la bandera unos muchachos casi adolescentes reventados por unos
cabrones muy aviesos a los que la alianza de civilizaciones les resbala
por salva sea la parte, y entonces el discurso de las misiones de paz
cruje por todas las costuras porque ha faltado coraje para explicar y
aceptar que estaban en una guerra que el Gobierno no quiere admitir
porque le estropea el discurso. Una misión digna, solidaria y
constructiva, pero en una guerra a la que vamos como monjas de la madre
Teresa, a pecho descubierto y con el talante como chaleco antibalas.
Ahora hay que poner medallas sobre los féretros, que son muy merecidas
pero que los chicos habrían cambiado sin duda por algún inhibidor de
frecuencias en su carro blindado. Lo que pasa es que eso cuesta dinero,
muchos euros, y sobre todo cuesta el coraje político de pedir pasta en
el Congreso para pertrechar a unas Fuerzas Armadas a las que se pretende
aliviar conceptualmente de su propia, intrínseca y honorable condición
de organización militar para transformarlas en una especie de socorro de
afligidos, como la Cruz Roja.
No es pintar como querer, dice la copla. Y no se puede gobernar sin
un ejercicio de responsabilidad que empieza por aceptar las realidades
sin disfrazarlas. Y entender que los terroristas son terroristas, no
pacifistas; que los enemigos son enemigos, no hermanos separados; que
las bombas son bombas, no accidentes; que los soldados son soldados, no
enfermeros, y que la paz no es una flor que se riega con brindis de
sonriente voluntarismo demagógico.
IGNACIO
CAMACHO
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