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El socialismo como espejo
Antigua y reiterada es la fascinación del derrotado por quien lo
derrotó. Smiley sonríe a todo el mundo y en particular sonríe a los
nacionalistas. Si haciendo eso gana, y críticamente lo hace en los
sitios donde predominan los nacionalistas, y para colmo quitándoles
votos a ellos, ¿por qué no va Mariano Rajoy a hacer lo mismo? A primera
vista parecería que todo el pasteleo ideológico del PP, desde el absurdo
centrorreformismo al bochornoso liberalismo simpático, tendría
justificación porque se trata de ajustar el mensaje sólo un pelín y con
un fin plausible: desalojar de la Moncloa a su manifiestamente mejorable
inquilino.
Pero lo malo de todo esto es el espejo, porque es posible que el
socialismo no admita réplicas eficaces. Digamos, una de las formas de
ponderar la unicidad de la izquierda es el modo tan descarado, y sobre
todo tan gratuito, que tiene de mentir. Es que todo le da igual, y lo
que defiende hoy lo ataca mañana sin excusa, reparo, ni rubor. Su
arrogancia es tal que en todos los casos se adjudica el monopolio del
progreso, nada menos, y se autodenomina progresista, sin que casi nadie
le dispute tan ridícula pretensión. La derecha, siempre vergonzante,
apenas puede presumir de centrista. Si intentara mirarse en el espejo
socialista, éste no le devolvería la imagen angelical característica de
la izquierda. Tal buenismo soberbio subyace a la extraordinaria
capacidad socialista para la propaganda, fundada en la constante
demonización del enemigo. Véase con qué tenacidad el PSOE instruye a sus
terminales mediáticas para que rescaten a Rajoy, Gallardón o Fraga, y al
tiempo para que hostiguen a Aznar o Aguirre con el baldón de la
«crispación» o incluso el de «extrema derecha». Ahí está la fuerza del
socialismo. Smiley puede socavar libertades, gobernar con ERC o el BNG,
o exhibir el más divisor de los sectarismos, pero los crispadores
extremistas son siempre del PP. Con esa potencia totalitaria, el
deplorable desenlace será que cuanto más se mire Rajoy en el espejo
socialista, más le devolverá el espejo una heladora y extraña sonrisa.
Carlos RODRÍGUEZ BRAUN
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