Sobre si Rajoy sea más
tonto que Al Gore
A propósito del cambio climático, Al Gore declara:
«Estamos alterando el equilibrio de energías entre nuestro planeta y el
resto del universo.»
Y, en vez de pedirle que lo demuestre, todos los
progres, que llaman cambio climático al nuevo clima de espera
milenarista, se apuntan a un movimiento de autoflagelantes como el que
recorrió la Europa medieval en la creencia de la inminente llegada del
fin del mundo.
Preguntado sobre el mismo asunto, Mariano Rajoy
contesta: «Si no me saben decir qué tiempo hará mañana en Sevilla, ¿cómo
me van a decir el tiempo que hará en el mundo dentro de trescientos
años?»
En la lógica de la inducción, el razonamiento de
Rajoy es irreprochable, pero a los progres de derechas les parece un
chascarrillo de casino, y a los progres de izquierdas, una blasfemia.
Laica, pero blasfemia, con lo que eso supone: especie de «fatwa» contra
Rajoy, poniendo tras de él a todos los muyaidines mediáticos del
calentamiento global.
Gore no es Malaquías ni Nostradamus. Tampoco es
tonto. Si lo fuera, habría dimitido del Gobierno cuando su país se negó
a firmar el protocolo de Kyoto. Pero, habiendo fracasado como gobernante
en la salvación de los pobres (después de haberlos creado), es natural
que ahora, como conferenciante, aspire a la salvación del planeta con su
teoría del cambio climático, que carece de cualquier consenso
científico, hasta el punto de que sus lambiscones, para defenderla,
apelan, no a las pruebas, sino a la palabra de honor de Al Gore como ex
vicepresidente de los Estados Unidos, cosa que también es Dan Quayle, y
Nobel de la Paz, cosa que también fue Arafat.
En el mundo de la ciencia, la verdad de hoy sólo es
la mentira de mañana. Ayer se creía que el campo de la mecánica de
Newton había de englobar el dominio de toda la ciencia, y hoy una
correligionaria feminista de nuestras ministras más feas, Sandra Harding,
sostiene que los principios mecánicos de Newton constituyen un manual de
violación. El cerebro, pues, no es más que una teoría que produce
teorías, es decir, explicaciones más o menos plausibles de los
fenómenos. Científicamente, la hipótesis del cambio climático tiene el
mismo valor que la hipótesis del efecto 2000, razón por la cual un juez
inglés, el juez Burton, educado en el rigor del positivismo lógico, en
vista de que el apocalipsis con que el Nobel de la Paz acojona a los
escolares «no está en línea con el consenso científico», ha mandado a Al
Gore a hacer gárgaras. Como diría un filósofo alemán, ¿de qué le sirve a
la opinión pública un ganso solista que grazna un aria demencial cuando
es imposible ver un solo moro en toda la costa?
El problema es que en la costa de Al Gore se
esconde mucho dinero: películas, libros, artículos y conferencias de los
progres de izquierdas para consumo de los progres de derechas, que en
este timo hacen de listos que resultan ser los tontos, oponiéndose con
grandes aspavientos a la refutación de Al Gore a cargo de un Rajoy
«simplón» y «fascista». ¿Saben esos borricos («borrico» se llamó a sí
mismo Kepler por no haberse dado cuenta antes de que sus leyes no eran
de carácter inductivo) cómo refutó Samuel Johnson al obispo Berkeley,
que rechazaba la existencia de la materia? Dando una patada a una
piedra.
Gore ni siquiera es novedoso. Bertrand Russell
admiró especialmente a cierta profetisa que vivió junto a un lago en el
Estado de Nueva York alrededor de 1820. Esta mujer anunció a sus
seguidores que poseía el poder de caminar sobre el agua, y propuso
hacerlo así a las once en punto de una mañana determinada. A la hora
anunciada, los fieles se reunieron a millares junto al lago. La mujer se
dirigió a ellos:
-¿Estáis totalmente persuadidos de que puedo
caminar sobre el agua? -les preguntó.
-¡Sí, lo estamos! -respondieron los fieles al
unísono.
-En ese caso no hay necesidad de que lo haga -dijo
la profetisa.
Y todos regresaron a sus casas tan edificados como
los seguidores de Al Gore en el Teatro Campoamor de Oviedo.
I. RUIZ QUINTANO
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