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Sin tragedia
No hay grandeza. Ni siquiera un apunte grave de tono elegíaco. Y quizás
es eso lo más terrible. Lo que más me sorprende, en todo caso, de este
extraño presente en la España que se deshace. No hay posibilidad de
encajar lo que pasa en sistema de mitologías que conmueva. Y, cuando eso
sucede, cuando el relato colectivo se ha esfumado, y en su lugar no
quedan más que momentos dispersos, ajenos, planos, descripciones
truncadas donde la épica no es ya creíble, es que no queda nación:
nación no es más que la bien trabada malla de relatos, que operan como
espejo emotivo de aquel que escucha.
Si hemos de decir verdad, no hay nada. Porque, tras la nación -mitología
solemne que, en Europa, pone en pie la leyenda revolucionaria que abrió
el final del siglo dieciocho-, tras la nación, no ha venido nada. Salvo
algún chapotear en sangre, muchísimo más mugriento que heroico: los
Balcanes. Y una larga, resignada, indiferencia: España. O como bien sea
preciso llamar a esto ahora: porque habrá que encontrarle un nombre,
para, al menos, saber de qué es de lo que hablamos. O de qué hablaremos.
O hablarán. Otros.
No reivindicaré yo épica alguna. Estoy demasiado viejo para eso. Y desde
Homero -o desde Louis-Antoine de Saint-Just, si nos atenemos sólo a los
seres legendarios que hacen nacer la era moderna- sabemos que los héroes
viejos dan risa. Si pudiera, eso sí, saldría corriendo. Lejos. Más por
asco quizá que por tristeza. Muchísimo más por asco y tristeza que por
miedo. A la edad que yo tengo, el miedo juega poco. Y el desastre le es
a uno tan previsible y tan cercano que sólo mintiendo una retórica hueca
podría salmodiarlo en voz alta. Pero el asco, sí. Tan profundo. El asco
ante una foto, ayer en casi todos los periódicos la misma. A la derecha
un político abrumado por algo que el que mira no sabe si es
desconcierto, o bien melancolía, o certeza del abismo. A la izquierda un
político que ríe -a eso llaman risa-, con la más escalofriante mueca:
cualquiera que haya visitado un manicomio conoce esa mueca, que hace de
la risa defensa pétrea frente la realidad negada. Y, entre esos dos
rostros de la derrota sin atenuantes, que evocan más el fármaco que la
política, una nación perpleja. Si yo pudiera, saldría corriendo. Lejos.
Donde nada me llegue del pasado. Donde no haya memoria. He sido lo
bastante imbécil para no poder. Lo bastante imbécil para estar anclado,
sin remedio, aquí. Mirando. Insomne, de oficio. Sin siquiera poder
cerrar los ojos y engañarme. Aguardando a quedar, igual que todos, bajo
los cascotes de la nación, a la cual no amo y sin la cual sé que nadie
-nadie- logra sobrevivir. Entre el delirio y la melancolía de dos
rostros aterradores sobre papel de periódico. Entre la muerte y la
muerte.
Nos perdemos en las risibles necedades de partidos que ya nada
representan. En medida mayor o menor, anecdóticas. Cuando el Estado está
ya disuelto. Por completo. Y todo nuestro suelo flota en larga caída
libre hacia el vacío. No hay grandeza elegíaca en este crepúsculo. Ni
consuelo. Ni siquiera ese «dolor solemne» al cual llama Racine
«tragedia». Hasta eso nos es negado.
Gabriel
ALBIAC
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