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¡Qué vergüenza!
Pálido, desencajado, farfullando palabras tartamudas, repitiendo
humildemente, «por supuesto, por supuesto», el Presidente español no se
puso, sin embargo, de rodillas ante el dictador venezolano. No era fácil
hacerlo con un pupitre delante. Su humillación, salvo ese último acto
litúrgico no consumado, fue perfecta. Y la de todos nosotros. Jamás -lo
digo tras minucioso recuento de memoria- he visto a un político
humillarse así. Ni llevar su pusilanimidad tan lejos.
Pusilanimidad no se opone a heroísmo. Mucho más humildemente, llamamos
pusilánime a aquel que renuncia a defender la elemental decencia sin la
cual un hombre es bastante menos que una piltrafa. «La pusilanimidad»
-definía el inapelable Baruch de Spinoza en el siglo XVII- «se predica
de aquel cuyo deseo es reprimido por el temor a un peligro que sus
iguales se atreven a afrontar». No, al peligro sobrehumano que exige la
apuesta absoluta del héroe. A uno sólo de los tantos peligros que forman
parte de la anécdota y el esfuerzo que definen la vida de los hombres.
Dando un puñetazo sobre la mesa y llamando a Chávez por su nombre, que
no es otro que el de dictador, Rodríguez Zapatero no hubiera tenido que
confrontarse a un riesgo físico insoportable. No creo que ni siquiera
hubiera entrado Chávez en la sala con un pistolón de los suyos en el
bolsillo. Para asesinar a quienes les son antipáticos, los
valleinclanescos tiranos banderas han preferido siempre la sombra y el
silencio. El terror y la palidez cadavérica del Presidente español, sus
tartamudeos, sus «por supuesto, por supuesto» temblorosos, no respondían
a la inminencia de una bala en el occipucio. Aunque lo pareciesen.
A nadie le es reprochable su miedo. Si es el suyo, privado y solitario.
Pero un político al borde del sollozo frente a un tirano, no es un pobre
individuo más, anegado en la angustia de su nadería frente a quien sólo
puede ya ver como un monstruo peligroso. La pusilanimidad de un
ciudadano sólo a él le afecta; y a la difícil relación con la conciencia
que define nuestra paradójica condición de bichos humanos. La
pusilanimidad de quien representa a toda una nación -y, más aún, la
representa, merced a la voluntaria delegación en las urnas- nos mancha a
todos. Sin excepción. Nos hace a todos rehenes del bárbaro caudillo de
turno. Votemos a quien votemos, y aun cuando, como es mi caso, no
votemos. Y un gobernante que hunde así en el vilipendio de hacer esclava
a su nación, por mediación de su propia cobardía, no puede, si le queda
una sola neurona -no digo dignidad- en el cerebro, hacer otra cosa que
replegarse a aquel lugar del cual nunca debió salir: el saloncito de
estar de su familiar domicilio. Cuando el Jefe del Estado español salió,
finalmente, de modo violento de la sala, y el Presidente de su Gobierno
se quedó sentado con las orejas más gachas que un cachorrillo después de
la azotaina, todos supimos a quién representaba el señor Zapatero: no a
nosotros, que pagamos su sueldo; sí, al primer tiranuelo de opereta que
sepa darle cuatro voces en el tono más adecuadamente destemplado.
Dios santo, ¡qué vergüenza!
Gabriel
ALBIAC
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