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Proyecto simio  

 

Fue la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, la que dispuso que la Educación para la Ciudadanía prolongase su adoctrinamiento en el Bachillerato y trocase la «Historia de la Filosofía» en «Filosofía y ciudadanía». Pasado un año, una constancia se impone: la de que en ese trueque se jugaba el fondo doctrinal más duro e infantilizante del zapaterismo. Cuya clave es sencilla: borrar el pensamiento; poner en su lugar la catequesis. Bastaba escuchar el histérico arrebato del Presidente en el pasado mes de julio para percibir el peso del envite: «¡Es inaceptable! ¡Es una mentira intolerable llamar a Educación para la Ciudadanía un catecismo! ¡Esta asignatura no adoctrina, no obliga a asumir ningún tipo de criterio, no impone ninguna ortodoxia!». Y su remate ante las «Juventudes»: qué sea lo bueno y lo malo, lo decide el Parlamento. Lejos de nosotros, Señor, la funesta manía de pensar. A la cual la filosofía dio cuerpo y ciudadela durante veinticinco siglos.
En estos felices inicios de la nueva era del Gran Pedagogo monclovita, sólo la servidumbre, directamente proporcional a la eficacia constrictiva de los afectos estatalmente regulados, regirá la relación con lo político. Conforme a lo que fija el BOE del 5 de enero de 2007: «El bloque 2 [de la asignatura ético-cívica], Identidad y alteridad, Educación afectivo-emocional, se centra en los valores de la identidad personal, la libertad y las responsabilidades, con particular atención a la relación entre inteligencia y emociones». O sea, en la correcta ingeniería de las almas.
Y es esa ingeniería la que constituye el Credo del Nuevo Fraternal Templo. Para que la mente misma sea materia moldeable, a golpe de compás y cartabón, por el Sumo Arquitecto. Y el Estado asuma producir la mercancía de alta resolución que es el alma sierva. Se planifica, así, la mayor regresión política desde el lejano tiempo en que Atenas diera en codificar la inviolable prioridad moral del ciudadano. Eso es preciso dinamitar. Estamos ante el Mysterium Magnum en torno al cual gira el providencial destino del Pedagogo gobernante: quebrar la autonomía del hombre libre. Poner en su lugar un regulado aprendizaje de servidumbre. Sentimentalizar.
La doctrina da respuestas. A todo. La «povera e nuda» filosofía que cantara Petrarca, sólo sabe de preguntas. De interrogantes que quiebran certezas. De ese vivir siempre en la sospecha que lleva a Platón en el Libro VI de la República a fijar la renuncia a toda «creencia» u «opinión» -a toda- como condición previa del «saber» filosófico. «Es duro tener que alejarse así de la última orilla» de nuestras perezas, anotará Schelling en 1821. Pero en esa dureza se juega lo único por lo cual vale la pena seguir vivo: la batalla por la libertad del espíritu. El día en que la «educación para la ciudadanía» -esto es, el adoctrinamiento ciudadano- usurpe el espacio de la filosofía, nuestros hijos serán una horda de zombis. Sumisos, eso sí, al delicioso «amor por el bien, las infinitas ansias de paz y de mejora para los humildes», que Moncloa ama. Así los quiere el Gran Pedagogo. Todos simios.

Gabriel ALBIAC