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Política como telebasura  

Leo aún. Y escribo. Pese al descorazonamiento, cada vez más inequívoco, de que ya nada vale nada de eso, en tiempos como estos que corren. Ni leer ni escribir. ¿Pensar? Pensar es el delito sin perdón de nuestros días. De repente, en medio de la sequedad a la cual se sabe abocado aquel que eligió tan moribundo oficio, el destello de unas pocas líneas me hace presentir que no todo, pese a todo, da lo mismo. Y que vale la pena -o, al menos, vale tanto como cualquier otro modo de dejar correr las horas- haber ido arruinando tiempo y vida en esta anacrónica artesanía. Ante una anotación del año 2004 en esa sobria maravilla que son los cuadernos íntimos de José Jiménez Lozano, desde su ascético retiro jansenista.
Advenimientos habla, en voz muy baja, casi en un susurro, de la realidad. Esa que el estruendo de televisores, periódicos, radios, imbecilidades múltiples, nos ha vuelto inaccesible, más aún por la aceleración vertiginosa de cuanto hace pasar ante nosotros, fugacidad que deja doloridos mente y ojos, que por el énfasis vociferante mismo, que tanto hace añorar al hombre atónito el sosiego de un tiempo congelado en perdidas cartujas. Advenimientos, página 200: anotación del año más terrible de la España contemporánea, el 2004. Al socaire de la conversación con un amigo, el maestro de Alcazarén medita sobre los tiempos enfermos de la revolución francesa: los de la loca deriva hacia la parodia litúrgica con que sedar la horrible percepción de muerte que había envuelto todo. Y el gran Jacques-Louis David, el más dotado pintor de su generación, oficiando como pulcro maestro escénico de la muerte en serie. «Comentando los espectáculos que montaba el pintor David para la educación revolucionaria de los ciudadanos; y en especial, el montado sobre el asesinato de Marat en la bañera, por Carlota Corday, por cierto una descendiente de Corneille, lo que tiene su quid inquietante. David utilizó para el espectáculo el propio cadáver de Marat medio corrupto en la vieja iglesia de Les Cordeliers o franciscanos, y hubo que fumigar la sala con incienso para poder resistir el espectáculo, que luego se repitió, más fastuosamente, en los funerales públicos con el corazón de Marat en una urna, mientras se rezaba laicamente: ¡Sagrado corazón de Jesús! ¡Sagrado corazón de Marat!»
La política se ha sacralizado. No ha hecho otra cosa a lo largo de los dos siglos que vienen luego de ese tiempo que, con escalofrío de lucidez, dibuja Jiménez Lozano. Mas es verdad que, hace dos siglos, algo en aquella teatral casquería resonaba con el tono -mentiroso, pero tono- de la épica. Hoy, la misma escenografía carnicera. Pero no hay épica; ni siquiera recuerdo de que alguna vez la hubiera -la hubo, yo la recuerdo, hace apenas un cuarto de siglo-. En su lugar, hay pitanza que preservar. El señor Blanco es paradigma de ese echar cubos de sangre putrefacta para garantizarse el sueldo, el injustificable sueldo. Y su vídeo es al teatro de David-Marat lo que es un matadero a una sala de esgrima. Se mataba por gloria. Se mata por dinero. Y a eso se reduce la historia. O la política como telebasura.

 Gabriel ALBIAC