Con diez billones por banda.
o Piratería y
Presupuestos
AHORA que los corsarios han vuelto por sus fueros,
echaremos el sábado a piratas en vez de echárselo a la crisis o los
perros. La historia de la piratería -afirma Philip Gosse- es tan antigua
como la del asesinato, que ya es remontarse lejos. Desde que el mundo es
mundo, la extirpe de Caín ha impuesto su ley sobre la tierra y desde que
el «homo sapiens» devino «homo economicus» e inventó las transacciones y
el comercio nunca han faltado candidatos a hacer fortuna a costa de la
ajena. Luego, sería preciso deslindar si el despiadado Barbarroja, por
ejemplo, tenía más delito que los banqueros genoveses o los mercaderes
de Venecia. Pero tomar ese asunto al abordaje nos llevaría a fondear en
Walt Street, la isla del tesoro de los aventureros posmodernos. Por
cierto, en «La isla del tesoro» -la gran contribución de Stevenson a la
cartografía novelesca-, el taimado y entrañable Long John Silver llevaba
consigo un loro que repetía sin cesar una obsesiva cantinela: «¡Piezas
de a ocho! ¡Piezas de a ocho!». Las piezas de a ocho eran monedas
españolas muy codiciadas en la época y el pajarraco lenguaraz una
caricatura del inefable Pedro Solbes cotorreando sobre el hombro del
señor Zapatero: «¡No hay problemas! ¡No hay problemas!» Vaya pieza de a
ocho. De a ocho o de a lo que le echen.
Si Solbes es el lorito parlanchín, Rodríguez
Zapatero sería John el Largo, por supuesto. Suposición incorrecta.
Alguien que dice que un barco «se conduce» nunca saldrá del dique seco.
Las naves «se gobiernan», que es cosa muy distinta, aunque lo del
gobierno le supere. El Sultán de Occidente, en realidad, es un rehén de
los randas del piélago, igual que lo fueron don Miguel de Cervantes, o
San Vicente de Paúl, o Julio César. «Mutatis mutandi», evidentemente.
Ayuno de santidad y huérfano de genio, Zapatero, no obstante, algo tiene
en común con el bisoño César; forzando el paralelismo, qué remedio, y
cogiendo el episodio por los pelos. O el rábano por las hojas -tachen lo
de los pelos- porque a «la puta calva», como le motejó la soldadesca,
jamás le lució la cabellera. Pelillos a la mar. Al mar Egeo, por más
señas. En el año 78 antes de Cristo, el joven Cayo Julio -expulsado por
Sila de la ciudad eterna- ponía rumbo a Rodas para cursar un «master» de
oratoria con Apolonio Molo, espejo de elocuentes. La travesía se fue a
pique cuando un enjambre de truhanes dio caza al bajel a fuerza de remos
y recaló con el botín en su escondido abrigadero. Entre los capturados
sobresalía un personaje ataviado ricamente que había presenciado la
función desde la más absoluta indiferencia. El jefe de la banda intentó
que el patricio le ofreciese una suma por salvar el pellejo y obtuvo por
respuesta una mirada de desprecio. Enrabietado, dejó que sus esbirros se
ocupasen de tasar la presa. Pongamos diez talentos, calcularon, por
pedir que no quede. El capitán escupió bilis en la toga del vanidoso
muchachuelo y envidó el resto. Diez talentos no, veinte, a ver si así
escarmienta. Julio César, entonces, quebrantó su silencio: «¿Veinte? Si
conocieras tu negocio no me liberarías por menos de cincuenta».
El señor Zapatero tiene un concepto de sí mismo
bastante similar al que tenía César. Quizá no posea su valor, pero no se
queda corto en cuanto al precio. Y, por si fuera poco, nuestro cesáreo
presidente está obligado a comprar, año tras año, un año más de vida a
los filibusteros. Paga el rescate religiosamente -es la única
religiosidad que se concede- y permite que los navíos que huronean bajo
la protección del estandarte catalán, o del vasco, o del gallego, le
hagan un boquete al galeón de Indias que lleva los Presupuestos al
Congreso. ¿Cincuenta talentos? Calderilla. Nos sobran los talentos, los
talantes, los tunantes y los tentetiesos. «¡Piezas de a ocho! ¡Piezas de
ocho!», exclama el señor Solbes atiborrando las alforjas de los
bucaneros. Mientras que Zapatero se abisma en la tormenta con la
temeridad de César y el entusiasmo de Espronceda: «Con diez billones por
banda, viento en popa, a toda vela...». Las mujeres y los niños,
primero.
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