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Pájaros de cuenta
También este año ha llegado el cuco, aunque no se ha prodigado mucho en
sus salidas, y lo he oído poco, si el cuco hubiera faltado no habría
primavera, aunque hubiera ruiseñores. Y el ruiseñor no comenta nada del
canto del cuco, decía Ángelus Silesius, pero seguramente porque sabe que
es otra voz sencillamente. Los hombres nos hacemos una imagen de los
animales a semejanza de nosotros mismos, o influidos por historias y
leyendas; y, si fuéramos ruiseñores, ni aludiríamos al cuco, y nos
molestaría su canto.
Los campesinos, por ejemplo, han odiado siempre a los pobres gorriones o
pardales, porque se comían una pequeña parte de sus cosechas, tan
pequeña al fin y al cabo como se reveló cuando al señor Mao Tse Tung, se
le ocurrió extirparlos, y entonces llegaron los insectos y devoraron
cosechas enteras. Pero la cigüeña se ha considerado siempre benefactora,
además de servir de reloj exactísimo del mediodía, cuando «machaca el
ajo», esto es, produce un ruido similar al que hace el golpe de un
majadero cuando se maja con él el ajo en un mortero. Y la golondrina
tiene sus leyendas acerca de la mancha roja de su pecho -una atroz
historia de violación, venganza y celos-, o la otra leyenda de haber
quitado las espinas de la corona que a Cristo se le puso en la cabeza, y
aliviado su sufrimiento; y ambas, cigüeñas y golondrinas, añadían el
prestigio de su viaje a África, la tierra de los faraones y de los
nubios, la raza más estilizada y hermosa de la tierra.
La lechuza, sin embargo, pese a ser símbolo de inteligencia, y por lo
tanto la compañera de Atenea, era ave de mal agüero. Se la acusaba de
beberse el aceite de la lámpara que ardía en las iglesias; pero, sobre
todo, se creía que barruntaba la muerte; como si la divisara a lo lejos
con sus ojos glaucos y brillantes. Los ojos del alcaraván, sin embargo,
que parece que lleva en torno de ellos la montura de unas gafas
amarillas, es como si divisaran al sueño, y lo que nos fascina de él es
su intenso grito al caer la tarde, que suena como un «¡A dormir, a
dormir!», y por eso se le llama en algunas partes «dormilero».
Los cuervos tenían, y tienen, peor leyenda, pero en la Biblia aparecen
bajo una luz muy favorable, y dice que Yahvé aseguró a Job que es él
mismo quien se ocupa de buscar comida para sus crías. Y la urraca o
corneja tiene fama de agorera de desgracias, según se ponga a la derecha
o a la izquierda de un camino; y también es tenida por ladrona; pero
éstos decires son apresuradas interpretaciones.
El gran calumniado es, en fin, el cuco, cuyo canto, heraldo de la
primavera, es de una tan suma dulzura. Se recuerda, sin embargo, que la
hembra pone sus huevos en nido ajeno para que los incube el prójimo;
pero quizás lo hace para no tener cuestiones familiares, como complejos
edípicos y cosas parecidas. Y, en Oriente, está considerado como un
maestro espiritual, que enseña, entre otras cosas, a «abandonarse a la
hermosura de los pensamientos». Y un haikú de Baitshitsu dice: «Ahí está
la luna / ¿quién ha gritado?»
Y no debemos, en fin, olvidar al loro, aunque éste sea pájaro
extranjero, lujosa presencia entre nosotros. Tiene uniforme de académico
francés, un cierto perfil semítico, y es parlero; y quién sabe si
también no concluirá por ser nuestro último historiador y cronista,
porque Chateaubriand cuenta que, estando en América, unos inditos le
informaron acerca de que ciertas palabras raras que decían unos loros,
cacatúas o guacamayos, eran palabras de tribus ya desaparecidas
muchísimos años atrás, que aquellos señores loros se habían aprendido;
así que él, Chateaubriand, sacó la conclusión de que quizás, después de
todo, de nuestra civilización, tan sofisticada y orgullosa, quizás sólo
podrían quedar un día, igualmente, las cuatro cosas que esos señores
loros decidan encomendar a su memoria. Advertidos quedamos.
José
JIMÉNEZ LOZANO. Premio Cervantes
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