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Oficio de perros
Los técnicos dictaminarán si la tragedia de Barajas del pasado miércoles
se podía haber evitado, pero lo que parece inevitable es la morbosidad
de algunos medios de comunicación metiéndoles a los familiares de las
víctimas el micrófono entre las lágrimas para preguntarles, a la entrada
del aeropuerto o del tanatorio de «Ifema», qué sentían en esos momentos.
Y, después, en algunas emisiones televisivas se mezclaban esas macabras
intromisiones en la intimidad dolorida con los rumores de boda de la
duquesa de Alba o con los cuernos de tal bailarina o con la
drogodependencia de cual cantante. Se decía que noticia es aquello que
incomoda al Poder, y todo lo demás es propaganda, pero esa teoría parece
haber quedado muy atrás: ahora noticia es convertir en espectáculo a una
madre huérfana de hijos por una tragedia, o a quien acude a una morgue a
reconocer los restos calcinados de su padre.
Se cuenta que, en una etapa final del «Tour», en el Parque de los
Príncipes, el campeón, tras bajar del pódium y entre aplausos, arrojó la
bicicleta contra una valla y, recordando las penalidades que hubo de
soportar en la carrera, exclamó: «¡Oficio de perros!». No quiero que mi
oficio, que es el de contar historias, deje de ser una profesión de
seres humanos y, además, según el gran Ryszard Kapuscinski, de buenas
personas. Y mucho menos que abandone su nobleza no por el esfuerzo que
exige, como dictaminaba el deportista vestido con el «maillot» amarillo,
sino por la invasión de territorios humanos en los que se pretende
demostrar que el hombre es un lobo para el hombre. Otra máxima de la «belle
epoque» del periodismo idealista y sacrificado era aquella que decía,
refiriéndose a los «scoops», las exclusivas y lo que en la jerga se
llamaba pisotones, que «para el pan como hermanos, y para la noticia
como gitanos». (Por cierto, ¿qué culpa tendría la etnia gitana para
situarla como exponente del juego sucio?; ¿o acaso, en sentido
contrario, se referiría aquel dicho al arraigado sentido familiar de los
gitanos, que veneran a sus viejos como los payos no sabemos hacer?).
En fin, que este oficio no parece mi oficio, que me lo han cambiao, y
que con el dolor ajeno no se debe traficar.
Faustino F. ÁLVAREZ
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