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Nada es peor
Nada es peor en
España, hoy, que el PSOE. Nada. Lo digo con la fría certeza del
abstencionista. Y con la glacial sospecha de que, tal como van las
cosas, podemos tener Partido Socialista Obrero Español (PSOE) para mucho
rato.
Nada es peor que la ocupación del Estado por el partido al cual
convirtió en lo que es ahora ese señor que declaraba hace unos pocos
días: «Nunca ordené matar a nadie. Ni siquiera a un hijo de perra». Los
lectores de Sigmund Freud saben lo que significa una negación retórica
de ese tipo. Mas no hace falta haber leído el magistral artículo del
maestro vienés en 19... para saber lo que una fórmula así significa.
Bien, digámoslo claro. ¿Qué queda en el partido inventado por los
hombres del GAL y Filesa de aquello que alguna vez fue el Partido
Socialista Obrero Español? Nada.
O, peor que nada. Queda una retórica que hace tres cuartos de siglo
podía ser conmovedora (aún en sus graves errores, aún en sus trágicas
consecuencias), y que es hoy chirriante para el oído e insultante para a
inteligencia. A quien guarde memoria -o sencillamente tenga una
elemental biblioteca-, el permanente atentado a lógica y sintaxis que
ejecuta regularmente el secretario de Organización del PSOE, don José
Blanco, sólo puede causarle escalofríos. A quien preserve un mínimo de
mente sana, considerar en frío que de alguien con el escuálido bagaje
intelectual del señor José Luis Rodríguez Zapatero pueda depender el
futuro de una nación moderna, de una nación a secas, a nada puede mover
que no sea a buscar la forma de exiliarse. Cuanto antes.
Si es que aún le queda tiempo. Si es que tiene algún medio de escapar al
desastre.
Nadie se engañe. José Luis Rodríguez Zapatero es una criatura de los
años de Felipe González, que son los años GAL, que son los años Filesa,
que son los años más negros, los que destruyeron toda esperanza en la
que un día fue heroica izquierda española.
Todo se lo llevaron por delante. Dinero, como respeto a la legalidad,
como respeto a la frontera intransgredible de la sangre. José
Barrionuevo, Luis Roldán, Rafael Vera... hacían el trabajo sucio.
Cosas tan espantosamente indescriptibles como la inacabable tortura y
despedazamiento de Lasa y Zabala (¿eran parte de esos «hijos de perra»
que invoca el viejo «boss» en su dorado retiro de ahora, teñido por los
dulces amores hacia el tirano de Marruecos?) Las gentes insignificantes
dentro del partido -el diputado José Luis Rodríguez Zapatero, por
ejemplo- se limitaban a decir amén. A votar lo que se les mandaba en sus
escaños. A cobrar el turbio sueldo de la obediencia.
Ahí están. Ahí siguen. No son un partido político. Son una casta. Y si
no fuera por Alberto Ruiz-Gallardón, hasta yo saldría de mi sagrado
abstencionismo para votar contra ellos. La peor gente que ha pisado la
política española. La que mató la esperanza. Para siempre.
Gabriel ALBIAC
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