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Mundo párvulo  

 

Cuatro años han pasado. Han sido malos. No hace falta decirlo. Pésimos como son -sin dramatismo- los tiempos en los que el alma se pudre. Sin épica, por tanto sin consuelo, hemos visto elevar su hueco templo a la mentira. La supimos mortal y decidimos no mirarla: como un vertiginoso carcinoma frente al cual, ¿qué mejor que cerrar los ojos?
Todo se trueca en palacio helado de palabras muertas, cuando la mentira impone su triunfo. Y no hay ni el dramatismo aquel siquiera de los años de plomo y sangre de González, esta vez. Ahora, todos los muertos fueron puestos sobre la mesa el primer día. Y, con ellos, el silencio se apoderó de todo. Estos cuatro años nacieron en la mentira horrible. Nada puede edificarse sobre la mentira. Salvo la destrucción común. En el fondo, si aceptamos a alguien como Zapatero, es porque nos despreciamos a nosotros mismos. Más de lo que nadie nunca llegará a confesarlo. Es ésta hoy una tierra que se muere y lo anhela. No es tan malo. La muerte borra el mundo y su recuerdo. Borra a las malas gentes, a las cuales incluso despreciar envilece.
La jerga de la paz -cuyo devastador efecto los de mi edad conocieron tan bien bajo los cuarenta años del franquismo- se ha apoderado de todo. «Pero, si hay que llamar paz a la esclavitud, la barbarie y el moral desierto, nada hay más miserable que la paz para los hombres», escribía el único gran maestro de la libertad moderna. Y, ahora, estos cuatro años se cierran en el pacto sacramental de la mentira, formando -y es ésta una alegoría enorme- las siglas elementales P-A-Z de la venal Plataforma de Apoyo a Zapatero, en la cual navajean por sus ingresos, aquellos que del engaño obtienen liquidez contable. En quiebra de cabezas que aún piensen moralmente, España es sólo, hoy, pasto de farsantes. Que halagan a quien paga. Con larga generosidad y con dinero nuestro. El coro gira y canta a carcajadas. Nada hay tan divertido como un buen esclavo. P-A-Z. «Una ciudad cuyos súbditos, paralizados por el miedo, no son capaces de tomar las armas, más bien debe ser dicha sin guerra que en paz. La paz no es la ausencia de guerra? Y una ciudad cuya paz depende de la inercia de súbditos a quienes se guía como a ganado para que no sepan más que ser siervos, merece más el nombre de desierto moral que el de ciudad».
Cuatro años. Ya. Todo aparenta lo mismo. Pero, ante los ojos fijos, grandes, abiertos, la helada realidad arrasa el alma: apenas si un cascarón vacío queda de lo que fue un país, de lo que iba camino -es lo más grave- de ser una adulta ciudadanía libre. En vez de eso -¡cuatro años!-, la infancia universal e impuesta se apoderó de todo. Taponando el acceso a cualquier edad adulta, ciudadana. Ni siquiera lo percibimos. Tanto fuimos amputados. Penosos arrastramos nuestras lobotomías. Es estupendo ser siervo y menor. «In-fans», niño, es, en literalidad, «el que no habla». Aquel que sólo vota cada vez que se le ordena. No hay totalitarismo en el siglo XX que no cifrara en eso el paraíso.
Cuatro años han pasado. Cuatro años de clausura en el placer perverso del retorno a la infancia. El parvulario votará el domingo.

Gabriel ALBIAC