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Mirando a la Meca 

 

Cuando se estrenó en Madrid «Me cago en Dios », que era una memez sin paliativos disfrazada de horrísona blasfemia, hubo quien se rasgó las vestiduras ante la reacción airada de «los fachas de siempre ». Los fachas de siempre, por su parte, sólo se limitaron a cumplir el ritual con la monotonía de siempre. Una leve protesta de la autoridades eclesiásticas para rellenar lo justo el expediente, un mazo de misivas en el buzón del director de los periódicos afectos y un irrisorio intento de agresión al autor de la pieza que no fue más allá del rifirrafe que protagonizaron Boyer y Ruiz Mateos: «¡Que te pego, leche...! ». Una fútil borrasca - nunca llegó a tormenta- a la hora del té y el sandwich de lechuga en el sopor de Embassy. Y es que no está para nada, la verdad, el facherío de siempre. Pues mejor que mejor, miel sobre hojuelas. Los progres de guardia, sin embargo, se encuentran en una forma espléndida. Esconden la cabeza bajo el ala y se llaman andana a una velocidad de vértigo en cuanto divisan algún problema en lontananza que pueda romperles los esquemas. Ahora, por ejemplo, con ese siniestro asunto de las caricaturas del Profeta, ¿dónde pernoctan los que salían a la calle con la libertad de expresión como bandera? ¿Dónde se esconde el verbo enardecido de los furiosos comicastros de la lengua? ¿Dónde coño se meten los bardenes? A los progres de guardia, que llevan la moral en las profundidades de la faltriquera, hay que ponerlos - por ser considerados- mirando hacia la Meca en clave manriqueña: « ¿Qué se hizo el rey Don Juan?/ Los infantes de Aragón / ¿qué se hicieron?/ ¿Qué fue de tanto galán/ que fue de tanta invención/ como truxeron? ».
La corrección política es un sida mental que nos está dejando sin defensas. De Gaulle se preguntaba, en sus conversaciones con Malraux, si había existido alguna civilización, al margen de la nuestra, que hubiese conocido hasta tal punto la mala conciencia. De entonces a acá ha transcurrido medio siglo y la mala conciencia se ha enquistado hasta convertirse en un grano purulento. La bestia verde exige al mundo libre que se eche a sus pies, rendido y genuflexo, y éste mueve la cola como un perro faldero. En el nombre de Alá, el Misericordioso, pretenden rellenar con sangre los tinteros para impedirnos pintar otra sonrisa que no sea la de las calaveras. Y si alguien - quizás acometido por un súbito apretón de la paciencia- se recuerda de Alá y de sus incontables muertos, ya puede ir haciendo las maletas. La Alianza de Civilizaciones sólo consiste en eso: en hacer de puta y amén pagar la cama, en costear la ronda y que te pongan los cuernos. Y Zapatero ¿qué dice de esto? Pues ni oste ni moste, para que Mojamé no se mosquee. Al cabo, ya no se sabe qué es peor: si la hipocresía cerril o la ceguera.

 

Tomás CUESTA