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Menú de España
No se irriten, ciudadanos. No se atraganten. Aquí
no pasa nada. Huyan de catastrofismos y crispaciones. Háganlo ahora en
Navidades -perdón, durante el solsticio de invierno- o después, cuando
baje la inflación y ETA tome conciencia de que Alfredo Pérez Rubalcaba,
ése que no sabía quien roba las armas en Francia y piensa que los zulos
y las cartas de extorsión son sólo proyectos, es la «bestia negra» que
los ha derrotado.
Al fin y al cabo, casi todo el mundo en este santo
país se acostumbra pronto o tarde a tragar de todo y con todo. Aunque
sea conejo. Peores bocados se digieren a diario: «Gobierno de España».
No tiene ya la menor importancia que el secretario general de
Agricultura y Alimentación, un tal Joseph Puxeu, recomiende a los
españoles una «carne sana, ligera, muy apetecible y barata» de roedor.
A estas alturas ya la mayoría de los españoles no
parecen percibir la falta de respeto de todos y cada uno de los anuncios
y consejos que financian con sus impuestos para castigarse y para
supuesta mayor gloria de un Gobierno de España que cada vez se asemeja
más a una banda convocada por el Tempranillo.
Que la ministra de educación les diga a los padres
de familia españoles que los colegios están en el mejor momento de su
historia es una mentira casi elegante a estas alturas. El pijerío
progresista que lleva a sus hijos a colegios extranjeros o de elite se
parten de risa ante las calamidades de la escuela pública, la
sistemática dinamitación del futuro personal, intelectual, profesional y
académico de los niños obligados a actuar siempre como el peor de la
clase.
Que el director general de tráfico, un tal Pere
Navarro, que amenaza a los conductores españoles con la cárcel y el
control total absoluto y continuo sobre su vida y hacienda, siga en su
cargo -y dando consejos sobre conducción- sin haber mostrado la decencia
de dimitir tras ser grabado su coche oficial infringiendo masivamente
las ordenanzas de tráfico, no parece tampoco crear ningún resquemor. Lo
espectacular habría sido el gesto de dignidad de la dimisión o de sus
superiores de anunciar su cese. Pero donde no hay demanda carece de
sentido la oferta.
Tampoco tiene importancia que el ministro de
Interior, el fiscal general y el jefe de la Policía pretendan hacernos
creer que los últimos años no han existido. Y que ha sido una obra de
sabiduría, perspicacia y firmeza democrática su política de
apaciguamiento de la banda terrorista y de sus terminales políticas y
financieras -que en muchas otras sociedades democráticas antes
homologables a la nuestra se calificaría como pura traición al Estado
que juraron defender-. No se trata siquiera ya de lamentar la falta de
principios, la demagogia o el posibilismo temerario y la abismal
irresponsabilidad dolosa en la defensa de la seguridad de los españoles.
Porque los resultados oprobiosos superan, si cabe, la ofensa a la
dignidad del Estado y de la ciudadanía.
En Madrid, por donde Chamberí va a encontrarse con
Argüelles, hubo dos cementerios muy activos hasta finales del siglo XIX,
si no me equivoco. Allí se desarrolló después una colonia chabolista muy
dinámica con muchos menos problemas de integración que las promovidas
hoy en día por el ministro Caldera del Gobierno de España con su
política de inmigración.
A la caza del conejo
Muchos aprovechaban las ruinas de panteones, tumbas
y nichos. Allí floreció también la cultura de la caza del conejo con
hurones. Se solía practicar debajo de Cuatro Caminos, en la Dehesa de la
Villa. No excluyo que, de repetir, este Gobierno de Z,Z,Z por todas sus
TVZs y por las cadenas privadas beneficiadas por sus favores o aterradas
ante sus represalias, nos recomiende que pongamos «un hurón en nuestra
vida», bicho cariñoso, nada facha y cazador de conejos. A unos, como a
los cubanos, les dicen desde España, que deben considerarse felices bajo
el castrismo y les reprochan que quieran huir a un país que elige a un
facha como George Bush. Siempre haciendo el menú a los demás, los
liberticidas.
Hace más de veinte años, un miembro de la Stasi, la
policía política de la RDA, que tuvo la desgracia de ser mi escolta y
vigilancia con frecuencia, me aseguraba que el miserable coche que
producía aquel estado socialista, el Trabant, era más adecuado para sus
compatriotas que el Saab con el que yo le metía en tantos aprietos
desafiando a los Pere Navarros del régimen aquél.
Ceaucescu pretendía que sus súbditos eran más
felices comiendo las pezuñas de cerdo, la única pieza del animal que no
exportaba y que por ello los rumanos llamaban «patriotas». «Baja y
compra unos patriotas», decía Ceaucescu. Sólo falta la coletilla:
Gobierno de España.
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