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Menos
estatutos y más seguridad
Estremece, pero es así: vamos hacia la caraquización del
país. O sea, robos muy violentos, bandas armadas sin
control asaltando pisos y chalés, secuestros exprés en
plena calle, y unos ciudadanos que, inermes, deciden
armarse, ponen muros de tres metros o más en sus
viviendas, ponen alambres de espinos sobre ellos, ponen
incluso alambradas electrificadas y se gastan los ahorros
en seguridad privada, cámaras de videovigilancia, puertas
blindadas en los dormitorios, sensores en los patios,
sistemas de alarmas perimetrales y alarmas interiores en
las habitaciones, amén de pedir que vuelvan los serenos,
la creación de somatenes o grupos de vecinos que se
organizan, silbato en mano, para defenderse ellos mismos
ante la ineficacia de las administraciones. De todas las
administraciones, que no son pocas, por cierto. Aquí
tenemos más políticos por metro cuadrado que en cualquier
país democrático del mundo. Políticos locales,
provinciales, autonómicos, nacionales y europeos. Todos
cobran un montón y tienen sus despachos y coches
oficiales. Pero pocos son los que se ocupan de los
problemas de la gente de verdad. Por ejemplo, de éste que
nos ocupa y nos preocupa ahora: la inseguridad ciudadana.
Y así vamos: camino de Caracas. Porque muchas de las situaciones
que antes
citaba no se están produciendo en Caracas, sino aquí. Es
verdad que allí la cosa es mucho peor: te roban en
cualquier parte, asaltan viviendas y pisos con plena
impunidad, hay cada fin de semana más de cien muertos por
delincuencia organizada. No hemos llegado todavía a
aquello, afortunadamente. Pero vamos por la senda. La ola
de robos y asaltos violentos, los secuestros exprés, se
están produciendo entre nosotros, en esta España cuasi
confederal en la que los políticos se dedican a perder el
tiempo en cosas que no interesan a los ciudadanos,
mientras que los delincuentes se cuelan por los espacios
que los padres de la patria les van dejando libres. Que no
son pocos, por cierto. Esto, señores, es un coladero. Por
si no teníamos bastante con la delincuencia nacional,
ahora nos abruma también la delincuencia internacional.
Algo estamos haciendo mal para que acaben en España los
principales chorizos del planeta. En Marbella tenemos a la
plana mayor del narcotráfico y el tráfico de armas. Las
peligrosas maras suramericanas se vienen infiltrando desde
hace tiempo, y ya tenemos con nosotros a los ñetas y los
latinkings. Toda una proeza que habría que celebrar. Las
bandas colombianas han visto que somos un chollo. Y no
digamos los rumanos y los albanokosovares, curtidos como
están, además, en el arte de emplear pistolas y fusiles,
con tanta experiencia como tienen en revueltas y episodios
militares. Todos han visto que aquí trabajan bien y que,
además, no se les acosa demasiado. Igual que se les
detiene les ponen en la calle. Y casi nunca los expulsan.
Por eso han decidido establecerse entre nosotros de por
vida, qué alegría. O por lo menos mientras dure este
Gobierno, que por lo que se ve considera más importante
poner patas arriba el modelo territorial de España que
encarar la lucha contra la delincuencia y tranquilizar a
una ciudadanía que se siente cada vez menos protegida.
No, pero es verdad. No es demagogia ni cuento. En la vida casi
todo es
cuestión de elección. Dicen los políticos: no hay dinero
para más policías. Y responde la calle: dinero tienen
ustedes de sobra, el problema es que se lo están gastando
en otras cosas, que deben de ser más importantes: millones
y millones en publicitar los estatutos, más millones en
organizar los referéndum, más millones para las
televisiones públicas autonómicas, muchos más millones y
millones en financiar a los partidos, más millones todavía
en campañas para imponer el uso del catalán en hospitales
y comercios. Y, claro, así no queda nada para la
seguridad. Echaron a la Guardia Civil porque les parecía
fascista y española, y ahora piden que vuelva corriendo
porque se han dado cuenta de que la Guardia Civil es
eficaz y necesaria, por mucho estatuto que tengamos y
mucho mosso de escuadra que saquemos. Pero llegan más
preguntas: ¿Por qué un mosso de escuadra tiene que cobrar
mucho más que un guardia civil? No hay respuesta. ¿Por qué
también los ertzainas? Tampoco. ¿Por qué incluso la
policía municipal de cualquier ayuntamiento de tres al
cuarto? Nadie sabe nada. Lo único que sabemos es que cada
día nos sentimos más preocupados por la seguridad, y que
cuando hay que tomar medidas contra la delincuencia
entonces sí se acuerdan de la Guardia Civil. Mientras
tanto, ahí la tenemos, con sueldos de miseria, con casas
que se caen, con medios obsoletos y con campañas de unos y
otros acusándola de española, de golpista, de corrupta e
ineficaz. Y el Gobierno, entretenido con sus gaitas, con
la cosa de si Cataluña es una nación y Andalucía una
realidad nacional. Pues muy bien, las autonomías serán
todo lo realidades nacionales que quieran, pero me temo
que aquí la única realidad que la gente palpa de verdad y
que nos preocupa a todos ahora mismo es la de la
inseguridad ciudadana. Aunque al parecer esto lo vamos a
arreglar pronto con un nuevo centro de inteligencia. Otro
más. Me lo temía.
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José
Antonio VERA |
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