María San Gil y la
derecha reversible
LA
enmienda más rotunda a la derecha reversible que han puesto de largo en
la pasarela de Valencia es la que ha presentado la señora San Gil al no
haberse presentado en el congreso. «Tutto questo fa schifo. Non parole.
Un gesto», anotó Pavese en su diario cuando se despidió del mundo y sus
miserias. Y María San Gil, lo mismo que el poeta, ha dicho todo lo que
tenía que decir sin levantar la voz y sin descomponer el gesto. Sin
airear, siquiera, que «fa schifo» lo que se ha hecho con ella. O sea,
que da náuseas, por expresarlo suavemente. La mujer indomable que
convirtió el dolor en el más sólido alegato frente al miedo; la que
jamás puso los pies en la tibieza; la que ha plantado cara a los matones
y ha mirado a los ojos a la muerte; simplemente María, la sonrisa y el
fuego, es un modelo que no encaja en la nueva colección otoño-invierno.
La moda de la derecha reversible pretende desterrar las transparencias y
María San Gil es tan diáfana que no sabe fingir lo que no siente. «Non
parole. Un gesto». Quien quiera entender, que entienda.
Sólo
Esperanza Aguirre ha denunciado sin tapujos las turbias maniobras de
acoso y ninguneo que han puesto a San Gil en el disparadero. María es
mucho arroz para los pollos peripuestos que pululan por Génova.
Demasiadas cornadas lleva encima para dejarse empitonar por un ternero.
Y, sin embargo, la han vencido; o, mejor, la han vendido, al no poder
vencerla. La han puesto a barato los brujos de la tribu, los traficantes
del poder, los que cargan los dados y los que amañan la ruleta. Decía
Albert Camus que en la tragedia griega el que tiene razón es el que paga
el pato siempre: Orestes, Edipo, Prometeo... Aunque, a la postre, todos,
con razón o sin ella, se acaban encontrando en los infiernos. Pero María
San Gil, tras protagonizar el drama, ha dejado a los dioses compuestos y
sin presa alterando el guión de esa teofanía levantina en la que los
levantiscos huelgan. Como Moisés se ha ido a por tabaco y, de momento,
ni está ni se le espera, los enanos se crecen y los ratones hacen
fiesta. El becerro de oro exige que le adoren con fervor inequívoco, con
absoluta entrega, y los que ahora creen (mañana, ya veremos) dudan entre
apostar por la fe del converso o envidar la hacienda a la del carbonero.
Y, mientras, a tragar, a anudarse el babero, y ésta por tito Camps, ésta
por Gallardón, está por el primito Arenas, y, ¡hala!, a dejar el plato
igual que una patena. Los disidentes, por su parte, disimulan, se
acompañan mutuamente en el disentimiento, y hacen suyo aquel consejo
machadiano que constituye un modelo de estrategia: «Sabe esperar,
aguarda que la marea fluya/ -así en la costa un barco- sin que el partir
te inquiete./ Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;/ porque
la vida es larga y el arte es un juguete». Porque lo del PP, según como
se mire, en lugar de un problema es un poema. Cómo estará la cosa que
hasta los versos sueltos hoy son versos capados y respetan la métrica.
María
San Gil -que hizo filología bíblica y maneja el latín, el griego y el
hebreo- ha sido el Azazel, el chivo expiatorio, de la derecha
reversible, la ofrenda que inaugura sus tejemanejes. Si alguien -el que
sea, llámenle equis y toquemos madera- cae en la tentación de que
alcanzar el fin justifica los medios, los símbolos morales han de ser
alejados del terreno de juego. Es mera cuestión de método: la dignidad
es un obstáculo que entorpece el proceso. Y es Kafka -que desnudaba la
política con una lucidez profética- el que nos sopla la respuesta
precisamente en un pasaje de «El proceso»: «La condena no es un golpe
fulminante, es el procedimiento el que pasa, poco a poco, a ser la
auténtica condena». María San Gil, a la que nadie ha condenado, ha caído
en las garras del procedimiento. «Tutto questo fa schifo. Non parole. Un
gesto». Únicamente un gesto.
TOMÁS CUESTA
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