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Malditas
olimpiadas
Lo que narra la Ilíada, al final de su canto vigésimo tercero, no es un
juego. Es un rito funerario. Acto sagrado, que alza monumento al honor
del guerrero muerto. Y al de quienes fueron sus compañeros. Nada se
entendería, sin ello, del trágico destino del Áyax que dibujará
Sófocles: el anhelo de exterminar a los suyos, la locura que hará presa
de él, el suicidio que le vendrá de la mano del fracaso, son reacciones
inequívocamente desmesuradas a la sola pérdida tramposa de una carrera
pedestre frente a Odiseo. Pero ni Áyax ni Odiseo están jugando. Ni juega
ninguno de quienes compiten por las armas de Patroclo. Están dando
escena a su función de espejo de dioses. Y toda violación de la virtud
guerrera es letal para el héroe homérico.
En nada me incomoda que el personal se divierta viendo ejercer destrezas
corpóreas varias a jóvenes estupendamente pagados, que proceden de todas
las geografías del planeta. Toda destreza es respetable. Ya la ejerza el
lanzador de jabalina, ya la actriz de pelis porno. O ya el gris
componedor de letras, palabras, signos de puntuación, frases?, oficio
del cual monótonamente yo vivo, y acerca del cual no es mi opinión muy
diferente a la del poeta más o menos legendario al cual alude Borges:
mejor no haber nacido que vivir de esto. Pero unos tienen que vivir, y
otros que entretenerse. Viendo la pelotita saltar sobre una mesa de
ping-pong, o bien dejándose acunar por un tratado de alta teología.
Tanto da. Son oficios. Y, por serlo, respetables. Dejan de serlo, en el
instante mismo en que fingen ser más que oficios: cosas sagradas. Son
entonces odiosas engañifas. Como todos los sucedáneos mundanos de las
religiones.
Los llamados «Juegos Olímpicos», desde su invención moderna por un grupo
de personajes cuando menos vidriosos, son un inmenso negocio: que les
pregunten, si no, a los beneficiarios de aquella mastodóntica
especulación inmobiliaria que derivó de las Olimpiadas en Barcelona. No
fue accidente: es la regla. Los llamados «Juegos Olímpicos» son también
una mascarada política de primer orden. El Berlín de Hitler, o el México
del PRI, o el Moscú de siempre, saben de eso. También lo sabe el
ejército de monstruos a la medida que fabricaron los médicos
Frankenstein de la República Democrática Alemana, sin más preocupación
por cuál sería el amargo futuro biológico de sus mutantes que la que
pudieran tener los fabricantes de «castrati» a la medida del «bel canto»
de otros tiempos. Así es la vida. Los humanos se aburren. Pagan bien por
ser entretenidos. Y nadie va a detener un negocio así por unos pocos
costes.
Y nadie va a detener -aún menos- un negocio así por unos cuantos miles
de tibetanos muertos. Palabra del Comité Olímpico Internacional (repasen
los nombres que han pasado por esa cosa a lo largo de un siglo; hielan
la sangre): «Tenéis ante vosotros a un gran defensor de la regla de que
el COI no debe involucrarse en políticas o hablar de asuntos políticos».
Blá, blá, blá. Nosotros nos ocupamos del noble y desinteresado espíritu
de competición humana, ya se sabe. Blá, blá, blá. No de política.
¿Da risa? ¿O asco?
Gabriel ALBIAC
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