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Leve teoría de las dos Españas  

 

Quizá por ser de condición optimista, también por la cautela de no cavar un hoyo en el que pueda dar con los huesos, veo muchas escenas de la vida nacional más como espectáculo que como realidad, más como ficción que como destino, como si Valle-Inclán se hubiese empeñado en ser eterno con su genial mixtura de sonatas y esperpentos. Eso que convencionalmente llamamos actualidad, y que es el tributo cotidiano del periodismo, a veces no es más que la apariencia de la realidad, la foto del primer plano de un zapato, cuando los transeúntes son una muchedumbre, y caminan en silencio, o van sonriendo, o van llorando... Cualquiera se atreve a decir, a estas alturas, querido Alfonso Ussía, que ha llegado la primavera a tu Cantabria o a mi Asturias, con los penúltimos urogallos cantando en el hayedo, o con los últimos osos acercándose a los vertederos bajo la mirada de las gaviotas. Cualquiera se arriesga a escribir, como César González-Ruano, que morir es perder la costumbre de vivir o, como Víctor de la Serna, que el río Cares está hecho con gotas de rocío. Hoy, si no opinas sobre De Juana Chaos o sobre Suárez Trashorras, eres un marciano en el planeta del periodismo, y vaya usted a saber por qué extraños motivos, teniendo una tribuna, eludes el compromiso de mirarle a los ojos al Poder y decir, como Zola, que «yo acuso».
No me creo que el país esté en peligro de quiebra, ni que hayan renacido las dos Españas de la guerra civil, ni que Goya haya vuelto para dibujar a dos compatriotas a garrotazos con los ojos vendados, ni que mi vecino esté cargando la escopeta de caza para echarse al monte y disparar, con su cuadrilla, contra la torre de la catedral o contra el reloj del Ayuntamiento. Es fácil tildar de tibios a quienes nos hemos instalado en un cierto escepticismo o en una moderación casi biológica, y ya se sabe que en las Sagradas Escrituras se abomina del tibio, y se prefiere al hielo o al fuego como confesión existencial. Tiene uno derecho a negarse a vivir en el país de cero grados (ni frío ni calor), según el chiste malo que se le atribuyó sin gracia alguna al entonces ministro Fernando Morán, perito en bonhomía y con quien jugaron sus adláteres como si un hombre culto fuese de poco fiar. Insisto en que no me creo que el cambio climático, que tanto preocupa, al parecer, a Fidel Castro, tenga algo que ver con un próximo diluvio universal, ni que la longevidad que llega vaya a propiciar el respeto y la ternura de los cachorros hacia los viejos.
Si lo único que ocurre en el planeta es lo que aparece en los telediarios habría que dirigirse en caravana al exilio interior, cuando menos. Pero en el mundo suceden muchas más cosas, aún siendo la aventura humana un viaje que desemboca en el mismo mar definitivo. En España ocurre que ha llegado la primavera, entre vientos y nieves, y que se acerca la Semana Santa como un carro de espinas y de flores.

Faustino F. ÁLVAREZ