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Las calumniadas siestas
No sé yo si ya en tiempos de los asirios, las gentes se echaban su
siestecita, pero es muy de presumir, y sólo hace falta pensar que un
hombre como Jonás, pese a que iba huyendo, y que el barco en el que
viajaba estaba siendo trasteado por una gran tempestad, se durmió
profundamente, y hubo que zarandearle lo suyo para que despertase; y,
luego, se echó otra siesta debajo de un ricino después de otro mal rato
que pasó a cuenta de una discusión que tuvo con lo Alto.
Y, por otra parte está el hecho, subrayado por el sociólogo
norteamericano Peter Berger, de que buena parte de la filosofía
optimista moderna parece confeccionada en ese estado particular que
produce un buen yantar sin una necesaria siesta, que es la situación
menos propicia para hacer una buena filosofía.
En cualquier caso, los estudiantes de bachillerato de antes de las
grandes reformas educativas sabían muy bien que el pastor Tityro dormía
la siesta a la sombra de las encinas, que no es una sombra muy profunda
sin embargo, todo hay que decirlo; y nada comparable ni de lejos a la
sombra de las nogalas que exige echarse una manta encima, porque de otro
modo sería como dormir al sereno en invierno. Pero la siesta de Tityro
ya será inolvidable para aquellos escolares, porque, aunque el latín de
Virgilio es sencillo y hermoso es su poema, su traducción no era poca
cosa para un mocito.
En el medioevo, por lo menos en las órdenes religiosas que se rigen por
la Regla de San Benito, se marca en la medición de las horas el tiempo
de la siesta; y, como es cosa tan racional, el ejemplo fue luego seguido
en otros ambientes monásticos o no, y acabó recibiendo una sanción y
respetabilidad canónicas, por así decirlo. Porque, por lo demás, no sólo
se hizo la siesta una común costumbre, sino que ofrecía los más variados
tipos, desde el hábito de echarse unos instantes antes de comer, que
recibía el nombre algo extraño de siesta del burro o del vencejo, a la
facilidad, más bien femenina, de «trasponerse» o echar un leve
sueñecillo con el codo apoyado en la mesa, como la maravillosa «Muchacha
dormitando» de Vermeer.
Aunque esto, en realidad, no es una siesta de verdad, sino una especie
de compás de espera, y algo así como las cabezadas de hoy ante la
televisión en esperanza de ver algo, o mientras pasan las informaciones
políticas y el carro electrónico de la basura, o para consolarnos de las
desdichas allí enunciadas.
Pero la siesta fue, en un momento dado, considerada como criadero y
símbolo de toda maldad, pero sobre todo de la pereza, de la
inconsciencia, y del disfrute de una situación sin dar golpe.
Y la siesta de alguien con un botijo o pequeño cántaro de agua fresca al
lado, que al fin y al cabo es la siesta de Tityro en la égloga
virgiliana, se convirtió, de buenas a primeras, en estampa de
subdesarrollo, atraso, miseria y vulgaridad; y no ha levantado ya
cabeza.
Aunque hay que decir igualmente que los horarios de trabajo, los ajustes
de remuneraciones que obligan a trabajar el día casi entero y parte de
la noche en más de una ocupación, o las nuevas costumbres en las que
queda reglamentado hasta el ocio, si lo hubiere, dejan poco margen, por
no decir ninguno, a la siesta.
Pero es que ésta ha sido acusada hasta de rémora social, y no son raros
los viajeros extranjeros por España, que, cuando vinieron a ver los
cuchitriles inquisitoriales, la caballerosidad de los bandoleros de
Sierra Morena, los gitanos en acción con la Guardia Civil, las Cármenes
con una navaja en la liga, y otros horrores góticos, y se encontraron
también con la siesta, decidieron que era igualmente algo muy
antediluviano; porque tal era el cliché del progreso. Pero otros
viajeros por la Piel de Toro que no venían aquí con la cabeza tan
trabajada, lo que hicieron, cuando se encontraron con la siesta, fue
sorprenderse de que perviviera una tal y tan antigua civilidad.
Sir Winston Churchill mismo era de esta distinguida opinión, y, hasta en
los momentos difíciles de la Segunda Guerra Mundial, echaba una
cabezadita antes de leer telegramas, correos y notas confidenciales. Es
decir, que parecía compartir las ideas de don Miguel de Unamuno, quien,
cuando se le reprochaba que dormía mucho, respondía que, sin embargo,
cuando estaba despierto, lo estaba más que los demás.
Así que quedan claros el pedigrí cultural de la siesta y sus virtudes
consoladoras y terapéuticas, como ésa de permitirnos estar luego con los
ojos más abiertos. Y no pienso yo que, en la educación ciudadana que nos
van a dar, la siesta vaya a ser considerada como producto de la España
profunda y retrasada, en la que creíamos que la libertad consistía en
que el Estado no se metiera en nuestros pensares y sentires. Pienso, más
bien, que se nos prescribirán algunos modernos específicos, para evitar
que tengamos estos atrasados pensamientos.
José JIMÉNEZ LOZANO. Premio
Cervantes
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