INICIO

Largos adioses   


Uno se pasa esta traicionera vida soñando decir adiós a las cosas que lo atormentan. Y apenas se da cuenta del engaño: que es la vida la que nos dice adiós silenciosamente. Que nosotros nos vamos yendo, como crujiente hojarasca, y lo malo persevera. Porque el mal es lo único perenne en la prolija obra de la especie humana.
De eso se da uno cuenta sólo cuando es tarde. Hace diez días veía yo a gentes aún lo bastante jóvenes como para que esta certeza no las hubiera rozado: sus camisetas exhibían un «Adioz» que yo sabía improbable. Los políticos son como los polis de las novelas de Chandler: a ésos no hay manera de perderlos de vista; no hay manera de decir adiós a quienes parasitan seriamente nuestra vida. Pero, bueno, está bien -siempre que uno sea todavía muy joven y disponga aún de mucho tiempo para malgastar- que el personal vaya haciéndose alguna ilusioncilla. Y, como nadie escarmienta, por definición, en batacazo ajeno, el paso de los años ya les traerá el día en el que entiendan que era de su propio presente, de sus propias vidas, de lo que en realidad se estaban despidiendo. Ese día entenderán que cualquier entusiasmo invertido en política es, para el hombre libre, tiempo perdido. Y que el tiempo es, al fin, el único capital de quienes no tenemos más que arena en los bolsillos.
Cuando empezó esta farsa de después del franquismo -porque farsa ha sido todo el teatro político, tras aquello que fue tragedia-, yo andaba por los veinticinco. Voy camino de pasar la barrera de los sesenta, ahora. Nada de lo que la política me ha forzado a ver en estos años me ha hecho más sabio, ni más bueno; ni más feliz, por supuesto. Ha sido aburrido y sórdido. Y, si nos ponemos innecesariamente serios, envilecedor: muchísimo más allá de lo que, yo al menos, hubiera sido capaz de predecir en sus inicios. Y quizá el peor engaño, la ingenuidad a más alto precio pagada, fue la de pensar que las democracias permiten, ya que no otra cosa, al menos ir echando a los sujetos más descaradamente malos.
Me equivoqué. Ni podía pasárseme por la cabeza que, a alguien con el historial horrible -GAL, Filesa?- de Felipe González, pudiera una ciudadanía en su sano juicio darle otra cosa que un rápido y humillante finiquito. Aposté por el adiós, naturalmente: era cuestión de elemental moral ciudadana. Aposté por el adiós? ¡Trece años! Cuando aquella cosa indescriptible acabó -por los pelos- cayendo, yo andaba ya encarrilado a los cincuenta. Me he vuelto a equivocar, ahora. Pero era, de verdad, difícil resignarse a que una mala caricatura del Peter Sellers de «Bienvenido Mr. Chance» pudiera ser tolerado por una ciudadanía adulta, más allá del comprensible estado de locura transitoria por el cual nos despeñó el espanto del 11 de marzo. Me equivoqué. Está claro que no conozco nada del alma -o lo que sea- del ciudadano que vota. Debo de ser un marciano: sigo sin entenderlo. Y cargo a las espaldas con cincuenta y ocho años, esos sí, perdidos. Con un poco de suerte, cuando éste de ahora caiga ya no estaré yo. La vida me habrá hecho el único auténtico favor que es capaz de hacernos a todos: despedirnos.

Gabriel ALBIAC