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La plata en Las Ramblas
Meditaba estos
días sobre la tesitura actual de la política catalana en el difícil
intento de hallar un paralelo para semejantes resultados y para la
reedición del tripartito. No resulta fácil dar con él en el seno de la
UE, ya que las naciones del Este de Europa se esfuerzan mucho por hacer
los deberes e incluso una entidad tan dislocada como Francia, donde la
mitad del electorado vota anti-sistema, presenta como cabeza de cartel a
gente mucho más lúcida que los candidatos a la Generalidad. Al final,
tras darle muchas vueltas y descartar por eso del que dirán las naciones
africanas, el paralelo que me parece más claro es la Argentina anterior
a Kirchner. Por aquel entonces, en el país del Plata cuatro partidos al
menos reivindicaban la herencia de Perón. El cómo puede un personaje lo
mismo ser levantado como icono tanto por la extrema derecha como por la
extrema izquierda resulta digno de un estudio que ni siquiera un curtido
psiquiatra argentino podría abordar con éxito. Pero la tarea no sería
más fácil si intentáramos encontrar una sola razón lógica y sensata para
el culto nacionalista a Companys. Paralela es también la manera en que
las distintas formaciones catalanas llevan décadas chapoteando en la
corrupción más hispanoamericana de toda España. Desde el famoso tres por
ciento de CiU a los chanchullos diversos de Montilla, el oasis catalán
dejó de manifiesto hace años que no pasaba de ser alcantarilla a la que,
como mucho, se le podía aplicar el dicho del emperador Vespasiano, aquel
que afirmaba que el dinero, aunque chorree a orines, no tiene olor. El
tercer paralelo pasa por esa insistencia en controlar totalitariamente
la prensa libre, hasta el punto de que el CAC ha sido calificado por
distintos organismos de defensa de la libertad de expresión como un
«recuerdo de lo peor del franquismo». Por supuesto, a Maragall - el
único presidente de CCAA que se ha querellado con un humorista- eso le
ha traído al fresco igual que a aquel estadista argentino que,
preguntado por los derechos humanos, dijo que en Argentina eran
«derechos y humanos». Y a todo lo anterior añádase esa característica
especial de la clase nacionalista consistente en no hacer nada de
provecho, aunque, eso sí, gobernando Cataluña como si fuera un cortijo e
imponiéndole una mitología que recuerda las afirmaciones de aquel
político argentino que cuando le preguntaron cómo iba a ser su política
económica dijo que «blanca y azul, como la bandera». Ni Montilla, ni
Carod-Rovira ni Saura lo hubieran superado. Con afirmar que lo suyo es
progresista y nacionalista, ya no tienen que dar explicaciones; con
señalar que van a consumar el Estatuto, a la sanidad que la zurzan, y
con que los jueces aprendan catalán, la seguridad ciudadana puede seguir
deteriorándose día a día. Analizar cómo se ha llegado a esta situación
en Cataluña -donde casi la mitad del censo no vota en las elecciones
autonómicas- no es cosa de unas líneas, pero resulta verdaderamente
indignante que una región española se convierta en la sede de pibes que
estafan a giles a ritmo de un bandoneón arrabalero de comisiones
millonarias, créditos perdonados y señas identitarias. Ya lo único que
nos falta es que Carod-Rovira entone el Yira, yira, en catalán, porque
Montilla cada vez se parece más a Evita.
César VIDAL
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