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La mentira
No juzgo
reprochable que un gobernante dialogue con asesinos. Ni siquiera que
negocie. En el límite, ni aun que se rinda. Todo, en política, es
expresión de una correlación de fuerzas; todo está determinado por lo
que se puede o no en ese equilibrio bélico al cual llamamos política. Lo
reprochable es que lo oculte a quienes pagan su sueldo: los ciudadanos.
Lo imperdonable es que mienta acerca de las precisas condiciones bajo
las cuales el diálogo -y aun la negociación, y la rendición incluso, si
un análisis frío impusiera ésta como única salida de supervivencia- ha
tenido lugar con el enemigo. Un gobernante está legitimado para consumar
cualquier tarea de Estado. Bajo los focos y la vista pública de aquellos
en cuyo nombre hace todo lo que hace. O debería hacerlo. Porque un
político jamás habla en nombre propio. Ejerce sólo la transitoria
representación en él delegada por el contribuyente. Que es quien acabará
siempre por pagar los vidrios rotos. Si los hubiere.
Un gobernante... democrático.
No en una dictadura. En una dictadura -explícita o implícita- ninguna
cuenta tiene el gobernante que dar a nadie de aquí abajo. No hay otra
diferencia esencial entre democracia o despotismo. Un gobernante
democrático posee un poder tan amplio cuanto el del déspota más rudo.
Pero ejerce todo -aun lo horrible- en una jaula de cristal. Con todos
cuantos le votaron -y cuantos no-, con todos cuantos le pagan -que son,
sin excepción, todos-, asistiendo al espectáculo. Para seguir pagándole,
vencido su plazo, o bien para dejarlo sin sueldo. Para hacer de él un
padre de la patria o un delincuente. Para ponerlo en la historia como
benefactor o canalla. Y, si trata de sustraerse a esa condición primera,
deja de ser el suyo un gobierno constitucional. Pasa a ser una estafa.
Instalada en las peligrosas fronteras del golpe de Estado.
«Gara» ha acabado por publicarlo todo. No es sorpresa. Para nadie. ETA
es siempre la misma. Cada vez que un acuerdo o negociación ha fracasado,
ha hecho públicos los documentos de lo sucedido. Le pasó al PNV. Le pasa
ahora a Zapatero. Las negociaciones fueron esta vez ante mediadores
internacionales, dejaron huella y actas. No hay forma, pues, de negar lo
que pasó. Ni siquiera de enmascararlo. ETA mueve peón y gana. No sé si
es jaque mate. La estrategia de Zapatero -negarlo todo- resulta, en
cualquier caso, catastrófica. Primero, porque ese todo le va a caer -le
está cayendo ya- sobre la cabeza, en forma de evidencias abrumadoras.
Segundo, porque un gobierno democrático no delinque al emprender una
rendición humillante, siempre que pueda justificar la necesidad de ese
acto doloroso. Delinque al negar absurdamente lo ya hecho. Delinque al
negarse despóticamente a rendir cuentas del modo en que desarrolló
aquello que la ley le permitía llevar a cabo.
No es ETA quien pudre la democracia. Un enemigo armado está para lo que
está: buscar, por cualquier medio, la destrucción del Estado al cual se
enfrenta. La democracia sólo puede pudrirse desde dentro. Cuando quienes
gobiernan violan su contrato. Cuando mienten, sin pies ni cabeza. Cuando
de la realidad buscan hacer un manicomio.
Gabriel ALBIAC
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