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La codorniz

Mientras se celebraba en Roma la cumbre de la ONU para la Agricultura y la Alimentación, cantaba la codorniz en los sembrados «buen-pan-hay», «buen-pan-hay», «buen-pan-hay».

«Las emisiones vocales de las aves suenan muy variadas en nuestro oído», decía Bernis, y por ello tiene la codorniz muchos nombres distintos aunque su canto siempre suene a cereal y sobre todo a cebada, que es la gramínea que más le gusta. Es el macho el que canta con su ancla dibujada en la garganta, como si fuera un tatuaje que le reconociera que atraviesa el mar dos veces al año.

Y, cuando canta, ni se mueve. Pasa el día en el mismo sitio y allí espera a que llegue la noche y, entonces, a oscuras, emprende un vuelo en línea recta que le lleva a otro lugar del cebadal, en una serie de movimientos que el catedrático de zoología Rodríguez Teijeiro califica de «movimientos donjuanescos», y de ahí que, si al día siguiente, en el mismo lugar, oímos de nuevo el canto de la codorniz, lo más probable es que se trate de otro individuo porque se ha comprobado que toda la población de machos de una zona se renueva en una semana.

Son aves en constante movimiento las codornices. Son nómadas. Y cuando atraviesan el mar y el desierto y llegan volando de noche a los campos de África, son menos territoriales y más sociables, y se las ve en pequeños grupos por la estepa que hay entre el bosque tropical y el Sahara.

Más elocuente que las conclusiones de la cumbre, me parece el canto de la codorniz esta mañana, que suena a verdadero aviso del hambre que se avecina en el mundo, porque ahora dice al cantar: «ya-no-hay pan», «ya-no-hay-pan», «ya-no-hay-pan».

 MÓNICA FERNÁNDEZ-ACEYTUNO