La charca de las ranas
SÓCRATES imaginaba el mundo clásico como una
reunión de ranas en el contorno de una charca. La charca, claro está,
era el vinoso ponto que azotaban los remos de las cóncavas naves. Las
ranas, por su parte, eran los ciudadanos. Pequeñas comunidades de
hombres libres regidos por la ley y amurallados en ciudades. La «polis»,
la ciudad, es la raíz de la política, la codificación de la virtud, el
ritual del pensamiento crepitando en el ágora. Es la cuna que ahora, al
cabo de los siglos, aún seguimos meciendo con más saña que maña. Porque
las cosas han cambiado -ya te digo- y no para mejor en ciertos casos.
Hoy, el vinoso ponto es el Mediterráneo: un pilón de sangría donde
abrevan los bárbaros. De Sócrates se sabe que capitaneó a Brasil y que
era un artista metiendo taconazos. Y lo griego, a lo sumo, es un ítem
perverso en las secciones de relax, masajes y contactos. Nos queda la
política (más bien su sucedáneo) y el croar de las ranas junto a la
charca de las cámaras. Pero, cuando los ciudadanos acaban siendo
audiencia y carne de cañón en las fauces del «share», la realidad es
sólo un decorado. Cuando es preciso jibarizar los argumentos e ir del
latiguillo al latigazo, algo huele a podrido en Dinamarca.
La sociedad del espectáculo es la locomotora de los
hermanos Marx y exige más madera a cada paso. Internet echa humo. La
prensa está incendiada. Las radios se desangran en cábalas y en
chácharas. Y las televisiones se aprovechan de que son juez y arte. O
sea, que Rajoy y Zapatero se han vuelto a ver las caras ante la insomne
expectación de media España y seguimos estando donde estábamos. El
campeón enrocado en la mentira. El aspirante aturullado en las verdades.
«Non parole. Un gesto», dejó escrito Pavese en sus cuadernos antes de
desertar al otro barrio. El presidente del Gobierno, a su manera, le
hizo un homenaje al poeta italiano. Gestos grandilocuentes y verborrea
inane para vender la burra ciega al respetable. Zapatero quiso ponerse
en estadista, pero su fórmula es idéntica a la de «Terminator»: No
problemo, colegas, no problemo, todo está controlado. Y de ahí no le
sacas ni a empujones, ni dándole sopapos con un aluvión de gráficos.
Es obvio que Rajoy le pegó otro repaso. Repasó, una
vez más, el memorial de agravios, los proyectos fallidos, las cuentas
que no cuadran. La banalidad inconsciente, la venalidad culpable, los
viles trapicheos con las alimañas. Y el empeño cerril en amañar las
cartas y en no reconocer que pintan bastos. Rajoy no pretendía fascinar
(que el «glamour» no es su fuerte no se le oculta a nadie) sino poner de
manifiesto que es un tipo sensato. Una de esas personas que inspiran
confianza, que no va de farol ni se las de nada. Los argumentos, sin
embargo, no hacen ninguna mella en la coraza irracional de un
visionario. Especialmente si hay que argumentar en un terreno en el que
la cordura puntúa igual que los visajes. Zapatero ofreció a los
españoles derechos sin deberes, prosperidad de balde, felicidad a la
carta y a costa del Estado. Rajoy, por el contrario, incidió en el
esfuerzo, en la gestión escrupulosa, en la conquista del futuro desde el
quehacer diario. Ese es el desafío, a ver cuántos se atreven a recoger
el guante.
Entonces, ¿quién ganó? Posiblemente nadie. En la
charca catódica, la gente ya no escucha el croar de las ranas y la
política, la codificación de la virtud, el ritual del pensamiento
crepitando en el ágora, ha sido deshonrada por los chulos del
«marketing». En el mundillo posmoderno, la levedad es un clásico. Si
antes una imagen valía mil palabras, en estos momentos no hay palabras
que logren competir con las imágenes. Aunque la imagen del debate fue,
sin duda, la de Rodríguez Zapatero con su famoso libro en blanco. Un
hallazgo, «chapeau», quitémonos el cráneo ante el autor intelectual de
la jugada. Enterrar cuatro años de tinieblas en ese auténtico sepulcro
blanqueado es una desfachatez insuperable. Un sapo más que habremos de
tragarnos. La cicuta va al margen.
TOMÁS CUESTA
.gif) |