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Kafka en Madrid
Si
Kafka viviera, no tendría que inventarse un proceso fantasmal para
contarnos las angustias de un acusado que ni siquiera sabe de lo que se
le acusa. Le bastaría contarnos el «proceso de paz» de Zapatero. Un
proceso en el que la tregua permanente incluye bombas de cientos de
kilos, en el que los culpables no son quienes las ponen sino la Policía
que no supo desactivarlas, en el que los atentados son «accidentes» y en
el que toda la culpa la tienen quienes se oponían a negociar con los
asesinos, no quienes negociaban con ellos. Un proceso en el que se mata
por error, se miente por amor y se olvida por sistema. Esto es
surrealismo puro. La vesania de ETA, la falsedad del Gobierno, los
errores de la oposición y la credulidad de los españoles han alcanzado
nuevas cimas o, para ser más exactos, nuevas simas.
Sólo cabe esperar que esa gran equilibradora que es la realidad devuelva
las cosas a su sitio. Porque aunque pueda engañarse fácilmente a los
españoles, no puede engañarse a la realidad, que nos ha enviado ya un
serio aviso con bomba y un comunicado cínico, pero muy claro. ETA no
quiere negociar una paz democrática en Euskadi. Quiere que se le dé allí
carta blanca. Y dándole esperanzas de que podía conseguirlo, Zapatero no
nos ha acercado a la paz, sino que nos ha devuelto a los atentados con
muertos. Lo ha hecho, además, con una frivolidad suicida, con una
ignorancia total, con una negligencia prevaricadora. Si quemar autobuses
no era terrorismo, ¿por qué iba a serlo volar un aparcamiento? Si
extorsionar empresarios no era delito, ¿por qué iba a serlo extorsionar
al Gobierno? Si robar pistolas y almacenar dinamita no era renunciar a
la violencia, ¿por qué iba a serlo utilizarlas? Este Gobierno ha
permitido a ETA creer que el terrorismo no tenía que desaparecer
totalmente -tal como exigía la autorización del Congreso para establecer
contactos con ella- y ETA, sencillamente, ha seguido utilizándola. El
resultado es el que tenemos: Kafka en Madrid, ¿o es tal vez el
Valle-Inclán de los esperpentos?
José María CARRASCAL
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