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Jueces
y corporativismo

La Judicatura anda revuelta. Los jueces reclaman mejoras en sus
condiciones de trabajo, un trabajo cada vez más exigente, agobiante y
peor pagado. Esto es calificado por algunos, injustamente, como
«corporativismo». Que unos trabajadores reclamen mejoras laborales no es
corporativismo, es lo más natural y lógico desde que se abolió la
esclavitud o el trabajo en condiciones inhumanas. Los jueces no podemos
sindicarnos, ni formar un colegio profesional, luego es natural que se
busquen medios –asambleas, juntas, asociaciones desde los que hacer
valer esos lógicos y legítimos intereses. Pero, insisto, eso no es
corporativismo.
El verdadero corporativismo surgiría, por ejemplo, si los jueces, lejos
de concebir su tarea como algo debido al ciudadano, la secuestrasen, se
sirviesen de ella para sus fines de grupo, por legítimos que fueran. Por
eso –aunque sea un derecho fundamental- nunca me ha gustado la huelga:
es privar a los ciudadanos, que no tienen ni arte ni parte en un
problema laboral, de un servicio, de una prestación o contraprestación,
en definitiva, de algo que les es debido por el simple hecho de ser
ciudadanos. ¿Estoy contra el derecho de huelga?, pues sí y lo estoy por
eso: porque me cuesta mucho concebir un derecho que se satisface
incumpliendo deberes y a base de privar a otros de sus derechos. Respeto
a quien discrepe –intuyo que muchos–, pero soy inofensivo: como
magistrado he anulado bastantes servicios mínimos que, por ser abusivos,
dejaban en simbólico ese derecho y, en lo personal, que nadie espere de
mí que me declare en huelga, aunque algún día lo tenga reconocido.
Pero el corporativismo realmente nocivo en un juez es otro; más que
nocivo, contrario a la Justicia, al Estado de Derecho y letal para los
ciudadanos. Puede venir por otro camino, pero siempre como apropiación y
secuestro de la función judicial. Se daría si un juez se sirviese de su
condición y de la autoridad que le encomienda el Estado, si se sirviese
de la toga para imponer su ideología, creencia o incredulidad. Si no
actuase sujeto al Estado de Derecho, al imperio de la ley; si creyese
que su condición es la de un activista o agente político, ideológico o
religioso que busca transformar la sociedad a golpe de sus resoluciones.
Ese corporativismo sería nefasto, pero al ser de inspiración ideológica
al menos tendría un baño, digamos, «intelectual». Habría otro también
corruptor de la Justicia. Se daría si el juez se sirviese de su
condición para satisfacer intereses personales. Fuera del caso más
extremo y dramático –el cohecho– se plasmaría en un servirse de su
condición para obtener alguna ventaja o beneficio. El reciente Estatuto
del Empleado Público recoge como Código de Conducta un catálogo de
principios éticos que, tras su proclama, encierran una censura a esa
degeneración. Sus destinatarios son los empleados públicos en general y
el estatus del juez es distinto pero no ajeno a esos deberes y
principios: es más, si los desconociese el resultado sería más nefasto
al ejercer un poder del Estado y tutelar derechos y libertades.
Pienso en ese Código porque, leyéndolo, pienso que podría surgir un
corporativismo aún más corrosivo. Se daría si un hipotético juez
emplease su condición para lograr el aplauso de sus fans, para saldar
cuentas con sus fantasmas ideológicos, para hacerse presente como sea
en la vida política, social o económica. Si administrase los asuntos
encomendados –cuando no buscados– activándolos o congelándolos para
lograr esa interferencia o presencia; si se ofreciese al gobernante para
ayudarle en sus intereses; si enmendase al legislador o manipulase las
leyes haciéndolas decir lo que le conviene o da fama, protagonismo,
beneficio o una competencia jurídicamente imposible; si con su actuar
buscase el impacto mediático y no lo jurídicamente debido; si sus
resoluciones fuesen sucedáneos de artículos de prensa o cayesen en un
patético autoensalzamiento redentor; si se sirviese de ellas para
ajustar cuentas con adversarios o detractores o para erigirse en
portavoz y faro de grupos varios o, simplemente, de amiguetes o para
dirigirse a la opinión pública; si vistiese su ignorancia con florituras
lacrimógenas. Lo peor de lo peor sería que ese secuestro de la Justicia
se llevase por delante la fama, la salud o la libertad de inocentes,
víctimas de semejante instrumentalización. Y habría escarnio si, además,
esa degeneración, llevada a sus más ridículos extremos, se presentase
como la quintaesencia de la Justicia o se le diese valor
constitucional, ignorando que lo propio del juez es el humilde
sometimiento a la Constitución y no su enmienda. Esta degeneración puede
llegar a ser un lucrativo modo de vida, con lo que la vuelta atrás es
muy difícil: se caería en esa corrupción de la conciencia moral que es
acabar pensado como se vive, instalado en una permanente coartada
moral. Afortunadamente, este secuestro de la Justicia no se da en la
Judicatura. Los jueces no ven la toga como un disfraz, entienden que ser
juez es mucho más que figurar en un escalafón, cobrar del Estado y ser
llamado ilustrísima señoría. Afortunadamente, entre nuestros jueces hay
profesionalidad, seriedad, vergüenza y, sobre todo, sentido del
ridículo.
José
Luis REQUERO
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