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El incendio que viene 

(Arde París)

 

 

Entre 1609 y 1614 salieron de España los últimos moriscos. Sobre esta tragedia humana se ha escrito mucho y, en su mayor parte, bastante malo. Lo peor tal vez sea que esa literatura no se limitó al terreno de la ficción creativa, sino que invadió desde el siglo XIX también páginas presentadas y vendidas como Historia, ensayo, divulgación cultural y hasta oratoria política. Se dijeron muchas tonterías ajenas casi por completo a la realidad histórica contrastada y probada: catástrofe económica general, origen de la ruina de España, la ley más injusta de nuestra historia (Blas Infante)... «Solución Final » llegó a denominarla algún plumífero en un abyecto y nada serio paralelismo implícito con la persecución de los judíos por los nazis, porque, ya se sabe, para hacer méritos catalanistas y atacar a España, la culpable por antonomasia, vale todo. Se les fue la mano y no les gusta que se les ponga en evidencia.
La consecuencia central e indiscutible de aquellos polvos, la que más atañe a los españoles presentes, es que en nuestro país durante cuatro siglos no ha habido la menor idea de los problemas que genera la presencia de comunidades diferenciadas de la nuestra al no existir otra sino la gitana, que requiere tratamiento aparte y no es el tema del día. Se puede argumentar en sentidos opuestos la conveniencia, o no, de homogeneizar la sociedad o de mantenerla atomizada en grupos yuxtapuestos, al margen unos de otros, y que coinciden sólo en algunas actividades económicas, mientras la más cerrada e intolerante prepara su futura hegemonía, pero nunca oigo, ni leo, a los críticos más apasionados - y superficiales- de la expulsión censurar la homogeneización religiosa y cultural de los habitantes del norte de África, forzados, directa o indirectamente, a islamizarse y abandonar sus orígenes latinos. Como acaeció en Hispania.
En la actualidad, la entrada masiva de inmigrantes - musulmanes, entre otros- ha modificado la situación de forma sustancial. La irrupción ha sido demasiado rápida, hemos tenido muy poco tiempo para asimilar un panorama tan distinto, por ejemplo en la mera composición física de los barrios. Y estalla el caso francés, el del caldo gordo para el Consejo Islámico, la multiculturalidad paradigmática y los horarios diferentes para hombres y mujeres en las piscinas. Desde hace algunos años venimos denunciando la inopia de nuestras autoridades, eternas desaparecidas en el asunto de la inmigración. Esta crece y crece como las setas del bosque, a su aire y de cualquier manera y la cuestión sólo se aborda con parches, temblores y escapismos, a veces con dinerito fresco para subvencionar «políticas activas » (inquietante sintagma que ningún político traduce), enchufetes de sueldos a «mediadores culturales » y una florida panoplia de picaresca celtíbera.
Bien es cierto que el primer Gobierno de Aznar intentó sacar adelante una ley de inmigración inicuamente saboteada por todos los demás partidos, deseosos no más de socavar y desgastar al PP: ayer, como hoy a propósito de un problema aún más grave, la unidad nacional, sólo vieron su interés de grupo y a muy corto plazo. Quizás el caso más irresponsable y vergonzoso sea el de Coalición Canaria que cuando, por fin, se aprobó la ley, se puso a implorar al Gobierno central que librase a las islas de la avalancha de africanos. Y lo consiguió. Pero no han aprendido nada y ahí siguen pactando cualquier cosa con el PSOE; en este instante, por ejemplo, la implosión de nuestro país: al parecer, ya se les olvidó de nuevo a qué distancia se hallan de Marruecos. Pero tampoco el PP, en su segunda legislatura, cortó la invasión descontrolada. Tal vez por exceso de prudencia, por temor a la mala imagen que los pancarteros profesionales explotarían, por las dificultades objetivas que entrañaba acoger, colocar y asimilar anualmente a cientos de miles de personas de procedencias y características muy diversas. El conflicto siguió y sigue creciendo y ahora estamos en el punto de «Abandonad toda esperanza »: con el gobierno del rojo justiciero, de la Alianza de Civilizaciones y el ansia infinita de paz no hay solución. Los inmigrantes más asimilables (hispanoamericanos, europeos del este, africanos no musulmanes) se irán integrando lentamente y conservando aquellos elementos de sus raíces originales que ellos mismos decidan - enhorabuena- y en una o dos generaciones con seguridad serán tan españoles como el chorizo, la boina o el compadreo. Mientras, otro grupo numeroso de inmigrantes se limitará, como hasta ahora, a reducir la integración a puras declaraciones verbales y esporádicas, en tanto nuestros poderes públicos sonríen satisfecha y estúpidamente ante los pintoresquismos de Ramadán (los del mes y los del otro, el que nos amenaza si no le permitimos y financiamos el establecimiento de sólidos e impenetrables guetos donde él y su harca impongan leyes medievales a los inmigrantes musulmanes, sus primeras víctimas). Arde París y, mientras, nuestros bomberos se dedican a subvencionar el reparto de gasolina a granel.

 Serafín Fanjul