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Ibarreche en Weimar 

 

Esto ya lo hemos visto. Las minorías ciudadanas que sueñan hacer respetar su derecho ante los tribunales, porque los tribunales, les enseñaron allá por la infancia, están para defender el derecho del individuo, aun del más pequeño, del abuso brutal, aunque ese abuso lo ejerza al más poderoso, aunque ese abuso lo ejerza coreado por la turba más mayoritaria, por la más fervorosa, por la más enfebrecida.
Lo hemos visto. El ciudadano al cual se lincha ante la puerta misma del juzgado del cual esperaba ingenuamente apoyo y razón frente a lo arbitrario. Y a la vista de las fuerzas policiales, que no moverán un músculo para defenderlo; de las fuerzas policiales que aconsejan al agresor que se aleje rápido, no vaya a ser que alguien -un enemigo del pueblo- tenga la mala idea de identificarlo. Ha golpeado ya. La lección está aprendida. Y el enemigo de la patria tumbado. Vencido. Puede retornar, con honor, al hogar cálido, en el cual será acogido como un héroe: «Teníais que haberlo visto, hijos, se retorcía como un gusano, ese español de mierda; que los maten a todos». Que los maten. Eso gritaban quienes aclamaron al héroe, ante la presencia aprobatoria de la local fuerza armada. «¡Muérete, español de mierda! ¡Muérete, pedazo de cabrón! Y a todos vosotros, que pensáis que nuestro caudillo Ibarreche es un común mortal que responde ante tribunales, a todos vosotros, malditos españoles, que os despedace una bomba; cuanto antes». Gloria al PNV.
Lo hemos visto. Ya. Lo vieron ciertos infrahumanos, a los cuales la raza superior hizo la higiénica apuesta de borrar en la Alemania de los años treinta. Empezó antes, desde luego, de que Adolf Hitler llegase al poder. Cuando las bandas de matones aprendieron que no hay modo mejor de eliminar al disconforme que abrirle a garrotazos la cabeza. Si sobrevive, ya habrá ocasión de repetir. «Debemos ser crueles. El tiempo de los buenos sentimientos ha pasado. Crueldad y brutalidad son lo único que impone respeto. El terror es el arma política más poderosa», explica, en 1934, Hitler a Hermann Rauschning. Los de Ibarreche sólo aportan, ahora, un elegante matiz local: a quien cuestione la voz o la persona sagrada del Caudillo, patada en los huevos. Para empezar. De ir a mayores, ya hablaremos luego. El jefe es inviolable.
Lo hemos visto y tiene un nombre: fascismo. No, un insulto. Un concepto político preciso: fascismo de porra y camisa negra mussoliniana; nacional socialismo de pulido machete, aquel que simbólicamente portaban las SS «para defender» -no precisamente de modo simbólico- «la voluntad del Führer, el honor del Führer». Porque el Führer -eso teorizaba Carl Schmitt- está por encima de toda ley, porque es fuente de ley. Como el «lehendakari», al cual rinden culto sus fieles, a firme patada en los cojones. Inviolable. Como sus centurias.
Nadie se engañe. Que una organización delictiva, ETA, asesine, sólo corrompe a ella. Que una institución de Estado (eso es la presidencia vasca) haga linchar a sus disidentes, nos corrompe a todos. En Madrid como en Bilbao. En Moncloa y Zarzuela como en Ajuria Enea.
Después de Weimar, Auschwitz.
 

Gabriel ALBIAC