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Huir de
aquí
Perdida ya la batalla y a punto de ser borrado sin más de la existencia
y aun del recuerdo, rechaza el desmesurado Danton la oferta que le es
hecha de escapar deprisa a la ya casi tangible guillotina sobre la
última tabla salvadora del destierro. ¿Puede acaso uno llevarse -truena-
la patria en la suela de los zapatos? Sí. Sí puede. Aunque un Danton
hecho en el entusiasmo de las grandes retóricas revolucionarias, en las
grandes conmociones del pueblo expectante, no logre ni imaginarlo. No
hay más patria que la suela del zapato. Ni siquiera, el indiferente
polvo que ella pisa. No hay más patria que la que cada cual se inventa
en cada instante. Y, en el género humano, sólo hay lugar para dos
grandes arquetipos: los que saben que toda mitología política es mentira
(aun si mentira necesaria); los que lo ignoran. Estos segundos pueden
matar con la reconfortada conciencia de quien lo hace al servicio de un
absoluto trascendente y más originario que nada que acontezca en sus
pobres vidas. Los de la primera especie estamos condenados a ser siempre
extranjeros, pise el lugar que pise nuestra suela. Podría ser vivible,
plácida incluso, esa extranjería, si los otros, incontable mayoría, no
anduvieran empecinados en aniquilar higiénicamente el virus que
representa todo aquel que no enloquezca de entusiasmo o de gozo ante su
propio tótem.
Estoy más que cansado de este país de enfermos. De la impecable maldad
de sus políticos. De su imbecilidad, que es la forma metafísicamente
pura de lo malvado. Y esforzarme por ir rastreando claves racionales de
lo que hacen, ya sólo consigue ponerme enfermo. Si alguien logra
establecer una sola clave política que explique en términos lógicos esto
que estamos viviendo, es que es un genio enorme o bien es que también se
ha vuelto loco. O, más sopesadamente, es que no aguanta más vivir sin al
menos el consuelo de entender lo que pasa. Yo me he anclado en el
rechazo de consuelos. Aun de éste, respetable, de fingirle coherencia a
la ola ascendente de locura en que ha quedado toda actuación política en
España. La ola se estrellará contra lo inevitable, un día de estos. Y no
serán, desde luego, los políticos los que paguen la cuenta. Que será
devastadora.
Huir de aquí. Antes de que esta horrible putrefacción nos mate a todos.
Moralmente, ya andamos medio zombis. Todos. Y no es más que el
principio. No, no puedo entender al desmedido Georges-Jacques Danton de
1794 (Germinal del año II, en la bella jerga del nuevo calendario). No
hay patria alguna que adherir a la suela de los zapatos. Tanto mejor. Y
huir es, sin duda, más honorable que dejarse envolver en el colectivo
delirio de una sociedad enferma, al borde del suicidio o de la
zarracina. Otro, más sabio, había escrito un siglo y medio antes que «en
un hombre libre, una huida a tiempo revela igual firmeza que la lucha; o
sea, que el hombre libre elige la huida con la misma firmeza o presencia
de ánimo que el combate». Quédense con sus tristes supersticiones, con
los feos sacrificios humanos que exige repetidamente de sus fieles la
insaciable patria. Huyamos. Si aún es posible.
Gabriel
ALBIAC
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