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El
hombre que ríe
Nadie lo obligó
a ello. Fue decisión voluntaria ligar su futuro político a un
acontecimiento que se le antojaba épico: la disolución de ETA. Y si,
como todo nos da a entender, las primeras conversaciones para allanar el
terreno se produjeron casi dos años antes de su llegada al poder sobre
el golpe del 11M, la apuesta pone en movimiento enigmas de entidad
excesiva para atribuir su gestión a una inteligencia tan poco
esplendorosa en luces como es la suya. Decidió. Apostó libremente.
Apostó todo. Nadie puede hacer un envite así y soñar que va a lograr
levantarse de la mesa intacto si no gana. Todo es todo. Después del
jaque mate del sábado 30 de diciembre, don José Luís Rodríguez Zapatero
es un cadáver. Político. Y el Gobierno de España está vacante.
El hermético aislamiento en Doñana, que siguió al golpe, no es más que
el síntoma de eso. Lo mismo hubiera podido encerrarse en una clínica
psiquiátrica. O, más noblemente, en una cartuja. La reacción del jugador
que se lo juega todo -todo- a una sola partida, sin guardarse siquiera
un fondo de seguridad para poder volver alguna vez a la mesa y
resarcirse, es ésa: un destino aciago se ha cebado injustamente con sus
buenas intenciones. Nada convencerá al jugador enfermo de que no fue el
mundo ni el destino quienes se cebaron en su desdicha; que fue él, sólo
él, el ministro de su propia muerte. Aceptarlo sería saberse, no sólo
desdichado, también despreciable. Infinitamente, además: porque ese
todo, que el mal jugador perdió, ni siquiera era suyo; porque nunca
compensará a los otros -a los muertos, a los vivos- por la ruina moral a
la que los ha arrastrado.
Como un zombi. Como un zombi, el jugador vaga sin rumbo, después de su
desastre. Vuelve al lugar de crimen, para evocar alucinadas esperanzas
de que nada de esta catástrofe haya de verdad sucedido. Es un
paréntesis, dice, una suspensión, temporal del sentido necesariamente
bueno de las cosas, al cual piensa haber ligado reputación y biografía
propias. Huye, de inmediato. Borra la realidad entre las cuatro paredes
de una urna ecológica de lujo con cargo al contribuyente. Deja en Madrid
al viejo especialista en los trabajos sucios: qué más le da a Rubalcaba
engorrinarse un poco; después del GAL, todo es nada.
Ha vuelto antes de ayer. Más autista que nunca. La sonrisa-cicatriz
recuerda, cada vez más, la espantosa mutilación impuesta al pobre
Gwynplain en «L' homme qui rit» de Víctor Hugo. En medio de las ruinas
que dejó el ataque más eficaz de toda la historia de ETA, él salmodia la
misma nadería azucarada que teje toda su vida: «la paz, la paz...»
Existe un instante preciso, más allá del cual el infantilismo se trueca
en crimen. Si un político no entiende que le llegó la hora de marcharse
a casa. O al parque de Doñana para siempre. O al psiquiátrico.
La paz, la paz... El gran Baruj de Spinoza supo muy bien, tras el
asesinato de los hermanos De Witt (y, con ellos, de la democracia) en
1672, lo que la paz significa en boca de los asesinos. Y en la de
quienes a ellos se rinden. «Mas si hay que llamar paz a la esclavitud a
la barbarie y el aislamiento, nada hay para los hombres más miserable
que la paz».
Gabriel
ALBIAC
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