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Hipócritas y raquíticos
¿Se imaginan ustedes la que se
hubiese armado si a un gobierno del PP le hubieran matado seis soldados
desprovistos de la mejor protección contra el ataque? Lo de Troya
hubiese sido una riña de chiquillos. Hubiera habido manifestaciones
indignadas en todas las ciudades españolas, se hubiese llamado asesino a
Rajoy, se habrían asaltado sedes del PP, los actores hubieran hecho gala
de toda su capacidad histriónica y los intelectuales orgánicos, de toda
su capacidad lingüística para denunciar al gobierno fascista. Pero,
amigo, resulta que el gobierno es del PSOE, el que da cargos y
sinecuras, y todos se han callado como los seis soldados muertos.
Confirmándonos que la izquierda no sólo miente, roba, mata tanto como la
derecha, sino que es todavía más hipócrita que ella. Si los comunistas
soviéticos dijeron a Fernando de los Ríos aquello de «¿Libertad, para
qué?» nuestros socialistas nos dicen «¿Verdad, para qué?» Ahora sólo les
falta calificar de «accidente» lo ocurrido en el Líbano. Pero hay algo
todavía peor que su hipocresía: su empeño en cerrar los ojos a la
realidad, que nos está llevando a situaciones cada vez más graves en
nuestra ordenación territorial y en la lucha contra ETA. Zapatero sigue
llamando «operación de paz» a la misión en Líbano, como sigue llamando
«proceso de paz» a su negociación con ETA. Cuando en Líbano hay, no una
guerra, sino varias superpuestas, y quien va allí, como Mambrú, va a la
guerra y no sabe cuándo volverá, si es que vuelve. Pero vayan ustedes a
decírselo a nuestro presidente. ¡El Ejército español no va a ninguna
guerra! ¡Estaría bueno! Va a construir escuelas, a curar enfermos, a dar
de comer a los hambrientos, a toda suerte de misiones humanitarias, para
las que no se necesitan los últimos artilugios defensivos. Como les
decía, lo más grave no es la hipocresía del sr. Zapatero. Lo más grave
es que confunde su parva ideología con la realidad. Los españoles lo
estamos sufriendo en el Líbano, en el País Vasco, en Cataluña y, en
general, en toda España, cada vez más insignificante, más olvidada, más
raquítica, como sus dirigentes.
José María CARRASCAL
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