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Gaza en su infierno
Israel ha salido de Gaza. Menos de un año después
de que Arafat dejase de ser obstáculo. Y ha salido sin contrapartida.
Asumiendo el enorme coste, material y político, que sacar de su hogar de
38 años a los colonos entrañaba. Y el Tsahal, ese ejército cuya
estructura de mando es no sólo la más eficaz y la más joven del planeta
sino también - con diferencia- la más democrática, ha cumplido
modélicamente la misión más amarga de su historia: el desalojo de
conciudadanos que juzgaban pisoteados sus derechos. En la historia del
último medio siglo, no pienso que haya un caso comparable a éste de un
país que, militarmente hostigado desde el día mismo de su creación y
cuyos ciudadanos viven desde entonces bajo la formal amenaza de «ser
arrojados al mar » en caso de perder la inacabable guerra, renuncie al
territorio ganado en combate defensivo sin siquiera exigir la
contrapartida de un tratado de paz y una formal aceptación de fronteras
por parte de sus agresores: los que, desde 1948, le han ido declarando
guerra tras guerra y perdiéndolas todas; porque uno puede ser al tiempo
agresor y derrotado. Hiere el antisemitismo de la prensa española - pero
es verdad que la prensa es espejo de la sociedad en la que arraiga- ante
este acontecimiento extraordinario. Los mismos medios que acumularon
tinta y titulares para proclamar que la muerte de 53 hombres armados, en
el curso de la toma de Yenín, era un más que evidente «genocidio », los
mismos que exaltaron como providencial hombre al Arafat de cuyas
finanzas nació todo el terrorismo europeo, pasan, como avergonzados,
sobre el momento crucial en el cual un país antepone sus principios
morales a sus intereses bélicos; y cede, porque lo reconoce ajeno, un
territorio estratégicamente relevante a quienes sabe que no harán de él
otro uso que el de base militar para agredirlo. Y ahora los palestinos
se quedan solos. Con sus propios monstruos. Porque no era Arafat sólo el
monstruo de esta historia; ni lo era el serial killer Yasin, ni los
facinerosos que acaudillan bandas patibularias para delinquir en nombre
del Misericordioso y Grande. Lo monstruoso ha calado hasta los tuétanos
en un pueblo, el palestino, enfermo de algo incurable: no poseer otra
identidad que su judeofobia; ésa que exige el acto heroico de quemar las
sinagogas ya vacías, para olvidar la abyección de no poseer más
horizonte que la envidia del otro, y la esclavitud feudal a caudillos y
ulemas. Bien, ya han quemado los vacíos templos. Pueden hacer ceniza de
hasta la última mota de polvo sobre su territorio. Si les divierte.
Pueden, en ausencia de demonios judíos, demonizarse entre sí, iniciar la
carnicería de la cual el asesinato del corrupto sobrino de Arafat es el
primer aviso. ¿Construir un Estado? Eso es cosa de infieles. Sólo Alá es
de verdad grande.
Gabriel ALBIAC |