INICIO

Gato encerrado

Ahora nos enteramos de que en la institución Madoff había «gato encerrado», bien íntimo y secreto: un gran desfalco a escala mundial y una quiebra de lo más grave para el sistema capitalista, que enriquece a unos cuantos y empobrece a los más. Aún puede que tarde mucho tiempo en desaparecer, pero ya está sentenciado como gran ladrón de guante blanco. Ese tipo de guante, en blanca gamuza, que cuando se mancha de algún elemento viscoso, hay que tirarlo a la basura o al «corredor de la muerte». Nadie lo merecería tanto como aquellos capaces de desfalcar al mundo entero. Pero no nos pongamos trágicos. Ya pueden consolarse los ricos muy ricos, porque éstos pararán muy raramente en la cárcel. Bien se ve que hay que revolucionar el sistema bancario, a ser posible, en positivo, pero ¡qué razón tenían nuestros antepasados de tener su buen «gato encerrado», debajo del colchón, de una baldosa o un trozo del entarimado! Porque las onzas de oro se guardaban en un suave taleguito de piel de minino. Acariciar algunas veces aquel consolador gatito era adicción de avaros y ahorradores. «Ése tiene gato encerrado», se decía de quien se sospechaba que fuera secretamente rico. Claro que ha habido gatos de todos los tamaños, gatos riquísimos y otros, miserables, gatos con sarna: me refiero a los pobres gatos que se les descubren a los mendigos. «¡Dos mil euros! Al tío que arrastraba tanta miseria, se le han descubierto, al morir asesinado por unos ultras, dos mil euros ahorrados». Una miseria en la realidad. ¡Pobre mendigo! Además de ser asesinado por unos salvajes urbanos, encima le deshonra no ser pobre canónico, de los que dan ejemplo con su espectáculo penoso. En los pueblos antiguos, de novela realista decimonónica, aquello del «gato encerrado» estaba a la orden del día. Por raro que parezca, yo he vivido mi infancia en ese mundo, ahora tan pintoresco. De mis viejas tías, de origen sefardi, se sospechaba aquello mismo. Incluso que el gato era un verdadero tesoro en viejas peluconas, enterrado en no se sabe qué parte. Luego, a su muerte, no apareció nada de nada, y yo he seguido siendo tan pobre como lo soy ahora. Aunque había prestamistas, usureros y sucursales bancarias, «nadie se fiaba» de los bancos. Era preferible tener el dinero más seguro, aunque se especulara privadamente con él. El gato era otra banca privada y la más de fiar que pudiera darse. En el caso de no haber un traidor, o una traidora como la hija del «pere Grandet» -Balzac- o la señora de Pipaón -Galdos-. Es oportuno hablar de ese tiempo, para recordar «el timo de doña Baldomera». Baldomera es un tipo simpático -hija pequeña del gran escritor Mariano José de Larra- que se hizo una fama popular, como benefactora de los pobres, de cuyos dinerillos confiados recibía réditos muy considerables. Ese «caritativo» enredo se enredó tanto que terminó descubriéndose un grave desfalco. Pero doña Baldomera la gozaba en grande, hasta derramar lágrimas, de ver lo agradecidos y felices que se mostraban los beneficiados. Tanto romanticismo le costó caro. Bien es cierto que, en esos buenos tiempos, doña Baldomera no se privaba de nada, con la conciencia muy tranquila, bien satisfecha de que los niños pobres le besaran la mano cuando pasaba por su plaza «de la Paja», en el más profundo Madrid. El acento sentimental y costumbrista de este viejo asunto la salva literariamente. En sus últimos capítulos de «El ruedo Ibérico», Valle-Inclán la sitúa huyendo en un barco, rumbo a Inglaterra. Siempre estéticamente, como una nota de color, un colaborador del ambiente, porque también en ese barco viaja Bakunin, el gran sacerdote anarquista. Lo más gracioso es que «el timo de doña Baldomera» se ha hecho universal, a escala mastodóntica, pegándole un mordisco de miedo a las mayores fortunas del mundo, a los bancos mismos, claro está. Toda una muchedumbre ha creído en doña Baldomera, y van a transcurrir muchos años antes de que esta anécdota pase sólo por pintoresca nota de color, con pátina del tiempo. Este atraco mayúsculo ha ocurrido ayer.

Francisco NIEVA. De la Real Academia Española