INICIO

Finísimas sensibilidades  

 

Azorín recogió su propia confianza en una evolución de las costumbres hacia una mayor suavidad y dulzura

La sociedad en la que apareció «El Quijote» era de una sensibilidad más primaria que la que se conseguiría después

De manera que propinar una paliza a un mendigo o quemarle vivo no parecen sino lamentables excesos


Según parece, nuestra sensibilidad de hombres modernos se ha afinado extraordinariamente, de manera que un viejo podría quedar traumatizado al verse definido así, como un «gentleman» del XVIII, cuando no era capaz de contestar a una ironía con otra más cortante. ¡Tan versallesco y delicado se habría vuelto el mundo!
Hacia principios del siglo XIX, dulces filósofos, pequeños Montaignes de esta nuestra misma España, como pongamos por caso don José Somoza, «el hereje de Piedrahita», que Azorín convirtió en el prototipo de aquéllos, estaban convencidos de que la Constitución de 1812 tornaría de un carácter más suave y pulido las bárbaras costumbres de los españoles, y hasta acabaría con las corridas de toros y los espectáculos de los botellones y los bailoteos en las calles, los palabros y las gracias y bromas de «un pueblo inculto y duro» que había dicho ya el Maestro fray Luis muchos años atrás.
Azorín, por su parte, recogió, en unos papeles sobre Cervantes, su propia confianza en esa misma evolución de las costumbres hacia una mayor suavidad y dulzura, asegurando que la sociedad en la que apareció «El Quijote» era de una sensibilidad mucho más primaria que la que se conseguiría después; y, a este respecto, cuenta, una anécdota, extraída de la biografía del conde de Lemos, protector de Cervantes, según la cual, unos cuantos palaciegos «rodearon una noche la casa de un bufón, estando éste dormido; le despertaron con estruendo de arcabuces; le amedrentaron, le acongojaron; lleváronle a una prisión y lo pusieron en capilla, simulando que era llegada su última hora... Cuando terminó la bárbara broma, y quisieron indemnizar de sus angustias al cuitado, el pobre hombre, con un rasgo de altiva dignidad, que lo elevaba por encima de sus atropelladores, se negó a recibir el presente» de una gruesa cadena de oro. Y Azorín al mostrarnos la barbarie de aquella sociedad, cuyos más altos exponentes hacían estas bromas, estaba seguro de que serían imposibles más tarde y, desde luego en el tiempo en que él vivía.
Azorín escribía todo esto en 1914, pero sólo unos años después, con una guerra civil entre españoles, dos guerras mundiales, y dos espantosos totalitarismos, seguramente hubiera sido más cauto en echar campanas al vuelo. ¿Habrían, en efecto, conquistado un solo punto en nuestra ánima el respeto por los otros, y la misericordia por la desgracia ajena?
Porque parecería imposible, pero toda aquella zafiedad de costumbres públicas ha vuelto, y rodeada de honorabilidad, por cierto, de manera que propinar una paliza a un mendigo o quemarle vivo no parecen sino lamentables excesos; y no nos causa un especial horror que unos mozalbetes se diviertan violando a una muchacha, pasando luego un vehículo por encima de su cuerpo, y al final quemándola viva igualmente. Y todo esto se nos ha ofrecido con toda clase de detalles en prensa y televisión, al igual que la molturación de fetos de siete meses, considerados, por decisión imperial, como «residuos sanitarios». ¿Será también una broma que se compensará con cadenas de oro?
No sabemos, naturalmente, si Azorín se había percatado bien de lo que había sido ya la Primera Guerra Mundial, incluso si todavía el honor militar impuso a las fieras políticas el respeto de los prisioneros; pero también puede ser que Azorín perteneciera al grupo de los pequeños e inocentes filósofos siempre esperadores en la perfectibilidad humana a medida de la caída de las hojas del calendario. Y ciertamente que nosotros no podemos ser ya tan crédulos, pero, sin dejar de ver el progreso de la barbarie, ya sofisticada con las nuevas técnicas, tenemos que creer con firmeza en la perfectibilidad del ser humano. Siquiera sea para ralentizar el regreso a «neandhertal», para sostener la hominización y la humanización que tantos siglos y de manera aún tan imperfecta ha costado conseguir; y para proteger, sobre todo, el carácter sacral del individuo humano en cuyo territorio de cuerpo y ánima, «ni Canciller ni nadie» tiene ningún derecho, y ni siquiera debe arañar con su palabra.

José JIMÉNEZ LOZANO. Premio Cervantes