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El Evo
Al conductor, que regresaba del puente haciendo
contabilidad de muertos en la carretera, viéndose por una
vez medio vivo parando en la gasolinera, se encontraba de
pronto con la manguera como si apuntara para fusilarle.
«¡Pero cómo ha subido de pronto el litro a mitad de
camino!», diría el miserable automovilista, que estaba tan
contento después de salvar el pellejo después de sortear
las carreteras infames, las obras imprevistas y las malas
señalizaciones de tráfico, pensando en llegar a su casa
medianamente a salvo y feliz,
antes de verse despellejado por un surtidor.
Como los aparatos, tan informatizados,
y algunos hasta con voz, no están educados para dar
explicaciones, había que preguntar a la indígena
ultramarina despistada tratando de colonizar las cuentas
del lugar, sin controlar del todo el precio de las
diversas marcas de patatas fritas, el de los diarios con o
sin suplemento, o donde podían andar escondidas las llaves
del retrete, la súbita subida del precio del combustible.
«Yo qué sé. Todo son órdenes», servía como justificación.
Menos mal que al día
siguiente nos enterábamos de la nacionalización de los
hidrocarburos en Bolivia. Para explicarnos. Ahora llenar
el depósito del coche cuenta con un «plus» de un Evito por
ciento. Que tampoco las gasolineras se van a complicar la
vida por un indio que se les suba al pozo. Paga ración,
amigo conductor, que tu enemigo es la especulación. Nada
nuevo en la rotonda de turulatos, donde entran en el
corralito en el que entra el pienso abierto por un lado y
el grifo cerrado por el otro, en el que la generosidad, la
solidaridad y la imbecilidad se juntan para enternecerse
ante la mano que se extiende y encontrar después un corte
de mangas, o de mangueras, si ustedes quieren.
La moraleja de tanto abrazo al jersey de Evito Morales es el
impuesto que nos cae, del IVA al EVO %, sin saber si hasta
estaría dispuesto a ofrecer en sacrificio al sol el
corazón de Zapatero o de hasta Solbes. Ya dije hace algún
tiempo que había que haberle regalado un traje y una
corbata para despachar. Mientras tanto, nos seguiremos
quedando como caballeros alucinados, buscando los molinos
de viento, como un impulso alternativo.
Jorge Berlanga
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