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Español sin ganas  

 

El primer tramo del «Díptico español» de Luis Cernuda lleva el título desolador de «Es lástima que fuera mi tierra». De allí proviene -lo leí cuando yo debía andar en torno a los quince años- esta certeza que ha sido la más perseverante de mi algo ya excesiva vida: «Soy español sin ganas». Sin ganas: el curso de la edad me ha ido haciendo aprender malamente -porque sólo a las malas se aprende- que ése es el único modo honesto de serlo. Trágico, si se quiere; pero, en este pobre país de gentes siempre presas de furia y de engaño, todo cuanto no es tragedia es farsa.
Hemos vivido cuatro horribles años de farsa. No sé qué es lo que va a venir ahora. Aunque es difícil imaginar tiempos más envilecidos que aquellos que se abrieron, hace mañana cuatro años, con la más humillada capitulación de la historia moderna española. El 11 de marzo de 2004 consagró formalmente un precedente catastrófico, de cuyo destino con dificultad podremos librarnos: la certeza, empíricamente contrastada, de que el voto del ciudadano español es por completo modificable mediante un acto de violencia extrema, bien planificado en el tiempo. Es, con exactitud, la respuesta contraria a la que se produjo en el Nueva York de las Torres Gemelas, tres años antes. Allí, quedó, sin equívoco alguno, proclamado que quien declarara guerra a la ciudadanía americana sería aniquilado por la guerra. Aquí, cualquier sujeto armado alzó constancia de que al ataque seguía sólo la mayoritaria voluntad de rendirse. El asesinato de Mondragón no es más que una consecuencia de esa lógica. Una consecuencia sólo. Que perseverará, en serie, cada vez que un proceso electoral ofrezca, a quien así lo desee, la ocasión de alterar las urnas a punta de pistola.
«Si yo soy español, lo soy» -escribía Cernuda en el exilio- «a la manera de aquellos que no pueden/ ser otra cosa; y entre todas las cargas/ que, al nacer yo, el destino pusiera sobre mí, ha sido esta la más dura». Medio siglo después, todo es peor. Porque es más irremediable. Y todas las esperanzas de nuestros años jóvenes han sido traicionadas: no hay cura para este país sin alma.
Y bien sé que ese «Díptico español» del poeta más grande del 27 da por nombre a su segunda parte el consolador «Bien está que fuera tu tierra». Bien está, porque es irremediable. Y porque, pese a todo, están los libros. Este Cernuda al cual sigo leyendo en días tristes. Y en el cual sé que aquel que escribe queda atado por la maldición sin cura de la lengua en la cual nació y de la cual no es más que un pobre siervo. Los libros. Los grandes. Esos que, en español, siempre han hablado de lo insufrible de serlo. Desde Quevedo, al menos. Quizás antes. Pero nada se parece hoy más a lo que veo que ese poema que me heló el alma aquella primera vez, cuando yo era, sin embargo, un niño: «Miré a los muros de la patria mía,/ si un tiempo fuertes, ya desmoronados?». Medio siglo ha pasado desde aquella primera lectura. Con él, mi vida. Y nada dice, al cabo, mejor mi visión de España, que su conclusión hermética: «Y no hallé nada en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte».

Gabriel ALBIAC