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En la lengua de Cervantes
Fíjate bien que de las
cosas que tú y yo atesoramos en el alma, ninguna hay comparable a la que
sirve para darle a otros hombres tu palabra. Y pues que de su fibra
estamos hechos, y en ella nuestra vida se proclama, y es ella quien nos
brinda la materia para comunicar lo que nos pasa, hora va siendo ya que
le prestemos a lengua tan cabal mejor adarga que nos la salve de los
malos tratos y de tantos mandobles como encaja. Para que donde digas que
anochece, yo entienda que las nubes se desangran, y donde yo me enfrente
a unos gigantes, tú me puedas decir muy a tus anchas: mire vuesa merced
que son molinos, y esos brazos enormes, las sus aspas.
Tú, Sancho, mira bien que de los yerros
que estamos cometiendo con España, no es el peor de todos que aún
andemos los unos con los otros a lanzadas, ni que sigan los pícaros
haciendo cada vez mejor uso de sus mañas, ni que cuatro follones nos
proclamen república insular y Barataria, ni que hayamos perdido la
decencia, aun ésa tan sutil que nos bastaba, con que ha de defender un
bien nacido hasta el último escudo de sus armas. Lo peor me parece,
Sancho amigo, que toda nuestra gloria literaria, la rara plenitud de
nuestra prosa, la rica variedad de nuestras hablas, pudiendo y aun
debiendo conocerlas, haya quien halle gusto en ignorarlas.
Porque es de saber, Sancho, que la
lengua que usaron los quevedos como dagas, los góngoras tocaron como
liras, los bécqueres dejaron como malvas, tañeron como nadie los barojas,
unamunos, galdoses y celayas, coronaron de espuma los albertis, los
lorcas suspendieron de las ramas, es una luz antigua en la que todos
encontraron la chispa necesaria. ¡Y qué cielos, qué azul no habrá
alumbrado más allá de ese mar que nos separa de una canción que suena,
cuando vibra, con toda la riqueza de la plata! Dime tú qué persona que
no fuera manca de aliento o coja de mirada quemaría en la hoguera de sí
mismo la mitad de una herencia milenaria.
Pero has de ver, Sanchico, que esas
gentes que hoy defienden sus eras a pedradas, que abjuran del pasado y
al futuro le han puesto un pan de plomo en las entrañas, volverán a la
casa solariega, abrirán los postigos y ventanas, nutrirán el recuerdo de
un amigo, desearán la caricia de una extraña, querrán ser algo más que
una aldehuela, añorarán lo vasto de una patria, se hartarán de sentirse
tan pequeños, buscarán el placer de otras gramáticas, y llamarán al
borde de su pecho a esa lengua que tanto les sonaba: ésa que les legaron
sus ancestros a fuerza de esponsales y mudanzas, o la que le escucharon
a un abuelo, si ya no es a una madre desterrada.
Volverán a bañarse en ese río que
discurre tan claro como el agua donde hasta las burbujas se responden y
no hay necesidad de descifrarlas. Quizás entenderán que se han dejado
robar un mundo a cambio de una farsa para que una partida de villanos,
validos de la envidia y la arrogancia, siempre tengan algún perro que
ladre, y muy asegurada la pitanza. Se asomarán, quizás sin pretenderlo,
a ese primer renglón de nuestras páginas, y echarán a rodar por nuestro
cuento, caerán por lo redondo de tu panza, le verán un trasfondo a mi
locura, los hilos cortarán de su celada, y acaso se dirán que eran
hermosas las notas de esa ingrávida guitarra nacida de sí misma para
todos, venida de los siglos por y para susurrarnos ternuras al oído o
echarnos las verdades a la cara.
Y tú no olvides, Sancho, que la
Historia se mofa con razón de quien la empaña. Prosigamos tú y yo
nuestro camino, que largo y fatigoso nos aguarda, y deja a los menguados
de horizonte ponerle a nuestras épicas hazañas la venda que les presta
su ceguera y el velo con que adornan su ignorancia, que a ésos ya nada
tiene que decirles el noble Caballero de la Mancha.
LAURA
CAMPMANY SANCHO
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