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Ellos, nosotros y la justicia  

 

Apenas sé nada de ellos. Ignoro sus nombres, el paisaje en
el que se han criado, la edad que tienen, las cosas que
han aprendido de la vida, a cuánta gente querida han
dejado atrás, muy lejos... Pero estoy segura de que vienen
del hambre y la miseria, de un mundo polvoriento, cubierto
de guerras o de plagas, un mundo reseco y sin futuro, en
el que los sueños crecen como hongos venenosos en torno a
un lugar remoto, Europa, por el que circulan abundancias
de todo tipo, médicos, comida, dinero... Una vida posible, a fin de cuentas.


Busco en Internet datos sobre los
países de los que proceden, Mali, Senegal, Ghana, Costa de
Marfil... Son algunas de las naciones más pobres de la
tierra. Desangradas durante siglos por el comercio negrero
y la explotación colonial de sus materias primas y su mano
de obra baratísima, han sido totalmente abandonas a su
suerte. Corrupción, guerras, pobreza, hambruna... La
esperanza de vida de sus habitantes ronda como mucho los
cincuenta años. Cincuenta años de carencias, enfermedades y sufrimiento.

 
Trato entonces de ponerme en la piel de
toda esa gente. Me imagino que, de estar en su lugar, yo
también me jugaría el todo por el todo, también
arriesgaría esa existencia desdichada tratando de llegar a
este lugar que las apariencias presentan como el paraíso y
desde el cual podría ayudarme no sólo a mí misma, sino
también a los míos. Supongo que, como ellos, me lanzaría
entonces a los caminos y el peligro y el miedo, al calor y
el frío extremos, como ellos adquiriría préstamos
indeseables, aceptaría caer en manos de las mafias
desalmadas, cruzaría desiertos y mares, haría frente a las
armas y saltaría alambradas desangradoras en busca de un
mundo un poco mejor. Y, desde luego, confiaría en que ese
mundo al que tanto le sobra y que tanto presume de sí
mismo, de su paz y su democracia y su respeto a los
derechos humanos, me echaría una mano, haría un gesto de
decencia y vergüenza a mi favor.

 
Apenas sé nada de ellos, pero sus rostros me acompañan incesantemente
durante las últimas semanas. Los veo asustados, recogiendo
a escondidas los alimentos que las ONG les acercan a sus
refugios en el monte Gurugú o en los bosques de Nador. Los
veo decididos, atravesando en una escalofriante estampida
suicida la valla (¿?) fronteriza de Melilla. Tirados en el
suelo y pateados por algún miembro de la Guardia Civil.
Heridos o muertos. Recorriendo las calles de esa ciudad
ensangrentados y temblorosos, pero sin duda llenos de
esperanza. Cabizbajos mientras son embarcados en los
aviones que deben devolverlos a sus países de los que,
probablemente, volverán a partir en cuanto puedan para
intentarlo de nuevo. Y sollozando y gritando, esposados,
en esos viejos autobuses marroquíes, camino del desierto.
Y los imagino después abandonados a su suerte, vagando
como sombras bajo el sol más inclemente y el frío más
terrible, sin agua, sin comida, sin medicinas, sin
consuelo, enterrando en la arena a los compañeros que van
muriendo de pura debilidad. Es indecente.

 

Indecente lo que sucede en África ante la indiferencia del resto del
mundo. Indecente el comportamiento del gobierno y el
ejército marroquíes, tratando a todos esos seres humanos
como a animales sarnosos. Indecente la actitud del
gobierno español, que apoya a Marruecos -o cuando menos
calla- en su trato inhumano y expulsa además sin
contemplaciones a gentes susceptibles de pedir asilo
político, una actitud como poco irregular que ha sido
denunciada por el Alto Comisionado para los Refugiados de
la ONU, pero también por el Consejo General de la
Abogacía, una institución poco dada a las utopías.
Inaceptable la falta de explicaciones en el Parlamento. Y
el desinterés de la Unión Europea ante todo este drama.

Vivimos en un mundo de gestos y palabras bonitas, qué duda cabe.

 Multitud de reuniones al más alto nivel, cumbres políticas y
económicas y preciosos discursos llenos de buenas
intenciones, de juramentos de fraternidad y planes para
terminar con la miseria. Pero lo cierto es que la miseria
crece cada día, y que la distancia que separa a los ricos
de los pobres, siempre inmensa, se va haciendo cada vez
mayor. Y que, mientras tanto, los políticos no hacen nada,
salvo hablar y hablar y llenarse la boca de promesas
incumplidas. Está la ayuda humanitaria, por supuesto, un
esfuerzo absolutamente loable por parte de quienes se
dejan piel -o los escasos ahorros- en el intento de hacer
algo por todos los parias del mundo. Pero cada vez es más
evidente que eso no basta. Puede aliviar en algún momento,
a algunas personas, en su sufrimiento. Pero no alcanza a
resolver problemas mucho más profundos, que sólo podrían
solucionarse mediante planes meditados y complejos, que
impliquen a las más altas instituciones políticas y
económicas del mundo desarrollado, y en particular a la
Organización Mundial del Comercio y a tantas
multinacionales que, con sus sistemas depredadores y
beneficiosos tan sólo para los más ricos, impiden día tras
día que los países africanos puedan exportar sus productos
o hacerlo a precios razonables. Planes valientes y firmes,
que partan de la idea de la necesidad de implantar de una
vez por todas un sistema basado en la justicia y no sólo
en el concepto fugaz de «ayuda», que conlleva siempre la
superioridad por parte de quien la ofrece y la deuda del
que la recibe. Y más nos vale a todos ir pensándolo en
serio. Porque ellos tienen hambre y están desesperados, y
frente a eso no hay fronteras. Porque si nosotros fuéramos
ellos, también vendríamos. Por las buenas o por las malas.
¿O no?

                                                                                                                                                 Ángeles CASO