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El cambiazo climático   

 

Otra Semana Santa jarreando y esa pandilla de agoreros que le ha puesto fecha al fin del mundo con el desbarajuste del cambio climático se tendrá que meter sus predicciones por el antifonario. O sea, por donde amargan los pepinos, que diría un castizo con retintín chulapo. Tantos satélites escudriñando cada nube como el que espía a una vecina arrebujada en guata, tantos viajes para tomarles la febrícula a los hielos polares, tanto milenarismo y tantas zarandajas para acabar recurriendo al refranero y al monje del barómetro con su varita mágica. «Son de abril las aguas mil. / Sopla el viento achubascado, / y entre nublado y nublado / hay trozos de cielo añil». Los panfletos de Al Gore, menos mal, no valen un cuarteto de Machado. Aunque vaya usted a explicárselo a la gente y le dirán de todo menos guapo. El planeta está enfermo, pachucho de verdad, en plena cuenta atrás para palmarla, porque existe una casta de notorios -sería exagerado tildarlos de notables- que se lo pasan pipa de comisión en comisión, de conferencia en conferencia, de gobernante en gobernante, vendiendo el crecepelo de que esto se acaba. Son los gurús que exprimen los carteles del jugoso tinglado de la moderna farsa y cobran las facturas en un presente urgido a cuenta de las ruinas de un futuro exangüe. Van arrastrando, en vez de una maleta, la caja de Pandora a guisa de equipaje y eso les faculta para ejercer de buhoneros y llevárselo crudo voceando desgracias. Lo cierto es que la quincalla apocalíptica tiene mucha salida en el mercado y no han de deslomarse para que se la quiten de las manos. En una sociedad que no se cree a sí misma pero que necesita un dios menor ante el que postergarse ya nadie mira al cielo por si le parte un rayo. El calentamiento global es un infierno gongorino para uso y disfrute de una legión de Nostradamus: «Ande yo caliente / y espántese la gente». Hasta que los angelitos se hacen pis en la pechera de los nigromantes y llueve cuando toca y, además, a cántaros. El cambiazo climático. La de chascos que se podrían evitar con sólo echarle un ojo al Calendario Zaragozano.

 Tomás CUESTA